La violencia religiosa en la Historia Eclesiástica de Teodoreto de Cirro. Violencia contra los paganos. Violencia de unos cristianos contra otros

RESUMEN. Se estudia la violencia religiosa entre el concilio de Sardica y Teodosio II en la Historia Religiosa de Teodoreto de Cirro. Este trabajo es continuación de otros sobre el mismo tema, en la Historia Ecclesiastica de Sócrates y de Sozomeno. Se estudia la lucha entre arrianos y seguidores del Concilio de Nicea, entre cristianos, contra los judíos y los paganos. Se estudia la intervención, en estas luchas, de los emperadores, desde Constancio hasta Teodosio II. Se examina la convocatoria de diferentes concilios, Sardica, Rimini, Nice, Nicea, Milán, Constantinopla. La importancia de estos concilios en la lucha entre arrianos y ortodoxos. Se menciona la actuación de personajes importantes en la lucha entre arrianos y ortodoxos: Atanasio, Osio, etc. Se intercalan las actas de los concilios y cartas de Atanasio, de los emperadores, de Dámaso, etc., sobre la lucha. Se estudia la violencia en ciudades importantes del Imperio, como Alejandría y Constantinopla contra los ortodoxos, y la violencia de los arrianos contra varios personajes importantes del momento. Ocupa un lugar destacado en esta lucha, el diálogo entre Constancio y el obispo de Roma, Liberio, y su destierro. Se estudia la política anticristiana del emperador Juliano; la política favorable a los ortodoxos de los emperadores Joviano, Valentiniano I y Graciano; la política favorable a los arrianos de Valente, y la política de Teodosio I, que suprimió dentro del Imperio el paganismo y el arrianismo, y la destrucción de templos paganos. Se examina la política religiosa de Honorio; de Juan Crisóstomo y su lucha contra judíos y paganos. Se estudia la violencia anticristiana en Persia y la política religiosa de Teodosio II. Palabras clave: Violencia cristiana, arrianos, ortodoxos, Atanasio, Osio, emperadores, concilios, Juliano, Teodosio I, supresión paganismo y arrianismo, destrucción templos paganos, Juan Crisóstomo, judíos, Honorio, Teodosio II. The Religious Violence in the Historia Ecclesiastica of Thoedoret of Cyrrhus. Violence Against the Pagans. Violence Between Christians. ABSTRACT. This article studies the religious violence between the Council of Sardica and Theodosius II in the Historia Ecclesiastica of Theodoret of Cyrrhus, and it is the continuation from others about the same theme, in the Historia Ecclesiastica of Socrates and Sozomen. Also it's studied the struggle between Arianism and followers of the Council of Nicaea, between Christians, against Jews and the Pagans. It's studied the intervention, in these struggles, of the emperors, from Constantius to Theodosius II. It's examined the notice of different councils, Sardica, Rimini, Nice, Nicaea, Milan, Constantinople. The importance of these councils in the struggle between arianism and orthodoxy. It's mentioned the conduct of important persons during the struggles between arianism and orthodoxy: Athanasius, Hosius, etc. It's inserted the certificates of the councils and the letters of Athanasius, of the emperors, of Damasus, etc., about the struggle. It's studied too the violence in important towns of the Empire, like Alexandria and Constantinople against the orthodoxy, and the violence of the Arianism against different important persons in this moment. It's occupied an important point in this struggle the dialogue between Constantius and the bishop of Rome, Liberius, and his exile. It's studied tha Antichristian politics of the emperor Julian; the favourable politics to the orthodoxy of the emperors Jovian, Valentinian I and Gratian; the favourable politics to the Arianism of Valens, and the politics of Theodosius I, he abolished in the Empire the Paganism and the Arianism, and the destruction of pagan temples. It's proof the religious politics of Honorius; of John Chrysoston and his struggle against the Jews and Pagans. It's studied tha antichristian violence in Persian and the religious politics of Theodosius II. Key words: Christian violence, Arianism, Orthodoxy, Athanasius, Hosius, Emperors, Councils, Julian, Theodosius I, Paganism and Arianism abolition, Destructions of Pagan Temples, John Chrysostom, Jews, Honorius, Theodosius II.






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Publication: Gerión
Author: Martínez, José María Blázquez
Date published: January 1, 2010

Este trabajo es continuación del anterior, en el que se trató el mismo tema1. Para el presente trabajo se manejan dos ediciones: A. Gallico Teodoreto de Cirro. Storia Ecclesiastica, Roma, 2000, y P. Ganivet, notas de J. Bouffartique, A. Martin, A.P. y F. Thelamon, Théodoret de Cyr. Histoire Ecclésiastique. I. (Livres I-II), París, 2006. Son muy buenas las introducciones de A. Gallico y de A. Martin, respectivamente, a la figura de Teodoreto de Cirro. Como el comentario es muy bueno en estas dos ediciones, se prescinde de él para no ampliar el trabajo, principalmente en las divergencias con Sócrates, Sozomeno, Atanasio y otros, las fuentes utilizadas y la bibliografía de los personajes citados.

El trabajo se centra en la Historia Eclesiástica de Teodoreto de Cirro.

Concilio de Sardica

Teodoreto de Cirro (HE, II.7.1-3), da la cifra de 250 obispos participantes en el concilio, según los antiguos documentos, cifra que no coincide con la suministrada por Sócrates (HE, II.20.5) y Sozomeno (HE, III.1.2.7), que mencionan 76 obispos seguidores de Eusebio, y de cerca de 300 obispos ortodoxos. Atanasio (Hist. Ar. 15.3) enumera sólo 170 obispos entre Oriente y Occidente, entre eusebianos y ortodoxos. Esta cifre debe ser la verdadera, pues Atanasio participó en el concilio, según el comentario de A. Gallico2.

La lucha estaba planteada entre los ortodoxos representados por Atanasio, obispo de Alejandría, Asclepa de Gaza y Marcelo de Ancira. Este último es un buen ejemplo que daban algunos obispos entre ortodoxia y herejía. Marcelo participó, en 314, en el concilio de Ancira, que presidió. Fue seguidor, al principio, de Atanasio. En el concilio de Tiro cambió de opinión y se opuso a la rehabilitación de Atanasio. En el año 336 fue depuesto de la cátedra episcopal, acusado de ser sabeliano. El sínodo romano de 340 le rehabilitó, pero los obispos orientales le condenaron3. Acudieron los acusadores y los jefes de la herejía, que habían sido antes jueces de los atanasianos, que no pudieron ser, por lo tanto, imparciales. Los acusadores no entraron en el concilio, aunque fueron llamados, sino que se ausentaron.

Teodoreto de Cirro (HE, II.8) intercala el synodicon, carta sinodial de los obispos reunidos en Sardica, de los que da al comienzo la procedencia, dirigida a los obispos de todo el mundo. El documento es muy significativo de la violencia religiosa entre arrianos y ortodoxos. Puntualiza Teodoreto de Cirro (HE, II.8.2) que los arrianos propusieron muchas cosas contra los ortodoxos, presentando una doctrina que el historiador califica de ilegítima, y a los arrianos, de locos. La doctrina propuesta era tan contraria a la fe de Nicea, que el asunto llegó a oídos de los emperadores, los cuales permitieron que se reuniera el concilio de Sardica. En la Iglesia primitiva, cada obispo mandaba en su ciudad. Ningún obispo tenía jurisdicción sobre otros, como afirmaron, Cipriano, presidente de un concilio africano reunido en 256, que da su opinión en los siguientes términos: "Nadie entre nosotros se proclama a sí mismo obispo de obispos, ni obliga a sus colega por tiranía o terror a una obediencia forzada, considerando que todo obispo por su libertad y poder tiene el derecho de pensar como quiera y no puede ser juzgado por otro, lo mismo que él no puede juzgar a otros. Debemos esperar todos el juicio de Nuestro Señor Jesucristo, quien solo y señaladamente tiene el poder de nombrarnos para el gobierno de su Iglesia y juzgar nuestras acciones (CSEL 3.1.436).

Tampoco creía que Pedro hubiera recibido poder alguno sobre los demás Apóstoles (De imit. 4). Pedro nunca revindicó este poder en la disputa con Pablo sobre la circuncisión, ni que tuviera el primado y debiera ser obedecido, canon segundo del Concilio I de Constantinopla, 381, que establece los límites de poder de los obispos; San Agustín, para el que el concilio ecuménico es la autoridad suprema en la Iglesia. En el concilio ecuménico de Constantinopla celebrado en 451, los tres legados del papa León no obtuvieron la presidencia del concilio. El canon 17 hace depender el rango eclesiástico de una ciudad del status civil, y en el canon 28 se reconoce a Constantinopla la nueva Roma, la misma primacía que la antigua capital del Imperio.

Hay que esperar a Gregorio VII, que en un acto de soberbia satánica, sin el apoyo de ninguna fuente del primer milenio y contra toda la praxis de la Iglesia, en el año 1075 escribió su Dictatus Papae, 27 axiomas tajantes sobre el primado de soberanía pontificia. El obispo de Roma era el monarca absoluto de la Iglesia, con poder sobre los concilios, los obispos, el clero y los fieles, y era el señor supremo del mundo, al que están sometidos el emperador y los príncipes. El obispo de Roma tiene un poder sin límites, de consagrar, administrativo, legislativo y judicial. Gregorio VII planeaba someter militarmente a su dominio a Bizancio. Abrió una fosa infranqueable hasta el siglo XXI entre Bizancio y la Iglesia católica. No hay la menor posibilidad de ecumenismo si Roma no renuncia a las propuestas de Gregorio VII y del Vaticano I, por ser dogma inventado por Roma sin base alguna anterior. Inocencio III (1198-1216) expresa la plenitud del poder de Roma. Finalmente, Tomás de Aquino (1225-1274) es el mayor apologista del papado centralizado, y en su Contra los errores de los griegos, basado en gran parte en las escandalosas falsificaciones del Ps. Isidoro, intenta demostrar que el obispo de Roma posee la presidencia de toda la Iglesia de Cristo, y que tiene la plenitud del poder. A nadie, durante todo el primer milenio, se le ocurrió semejante idea, y añadió la sandez de que, para salvarse, era necesario estar sometido al papa de Roma.

El emperador era el único que podía convocar o autorizar concilios ecuménicos o locales, como hizo que se celebrase un concilio en Sardica. Este poder imperial en asuntos puramente eclesiásticos, determinó las continuas ingerencias de los emperadores en las disputas sobre la fe, y el tomar partido por una u otra doctrina, al ser cristianos. Los emperadores pretendían, con la reunión del concilio, eliminar toda división, alejar la impía doctrina y que todos custodiasen la recta fe de Cristo, como afirma Teodoreto de Cirro (HE. II.8.3). Los emperadores animaron a los obispos de Oriente a participar en el concilio. Otro motivo era que se trataba de discutir sobre tres obispos importantes que fueron calumniados, para que se creyeran las acusaciones contra los inocentes.

Teodoreto de Cirro (HE. II.8.6) menciona los nombres de los obispos seguidores de Eusebio4, es decir, arrianos, que eran: Maris de Calcedonia, que cambió de bando, pues en 325 firmó las actas del concilio de Nicea, pero en 355 firmó a su vez las actas del concilio de Tiro; Teodoro, Teogonio, Ursacio, que también abandonó la fe de Nicea, Valente, Melofanto y Esteban. Estos escribieron al obispo de Roma, Julio, contra Atanasio, Marcelo y Asclepa. Uno de los aspectos de la violencia religiosa cristiana era el envío de cartas con calumnias. Los obispos de otras regiones testimoniaron la inocencia de Atanasio; todo era falso y calumniosas las acusaciones de los seguidores de Eusebio. Hubo una guerra de cartas. Julio convocó a los eusebianos, pero no se presentaron en Roma. De esta negativa a comparecer y de los escritos de Julio se desprende que se trataba de una calumnia. Si hubieran ido al concilio de Sardica y hubieran visto a Atanasio, a Marcelo, a Asclepa y a otros, habrían temido ser juzgados.

Los obispos presentes y, principalmente, Osio (257-358)5, que presidió el concilio de Nicea y el de Sardica del 343, que fue la mano derecha de Constantino en asuntos eclesiásticos, que había resistido las presiones de Constancio, que fue desterrado a Sirmio, debido a la dureza del destierro y ya ciego y centenario, suscribió la fórmula de Sirmio, después se retractó; la Iglesia hispana lo arrojó de su seno, mientras los ortodoxos le tenían por santo, esperaban a los eusebianos y los exhortaban a dejarse juzgar, para probar con su presencia lo que habían dicho y escrito contra los colegas estando ellos ausentes. Eran tan locos que intentaron asesinar a un obispo, y lo hubieran conseguido de no haber huido. La violencia religiosa no retrocedía ni ante el asesinato.

A Teódulo6, obispo de Traianópolis, le acusaron calumniosamente, por lo que fue condenado a muerte. Los arrianos le persiguieron junto con Olimpo. El emperador le condenó a ser arrojado de la ciudad y asesinado donde se le encontrase. Es un caso de violencia cristiana promovido por el emperador, que condenó al obispo a ser asesinado. Otros presentes mostraban las heridas de espada que los arrianos les habían ocasionado; otros se lamentaban del hambre soportado por su culpa. La violencia religiosa cristiana ocasionaba heridas de arma y hambre.

Se leyeron las cartas escritas por los seguidores de Teogonio contra Atanasio, Marcelo y Asclepa, redactadas para atraer a los emperadores contra ellos. En la violencia cristiana era fundamental atraer a su partido al emperador. Estos hechos los denunciaron los antiguos diáconos de Teogonio. Los legados dieron a conocer en qué consistía la persecución contra los ortodoxos: desnudar a vírgenes, incendiar iglesias, encarcelar a los colegas, debido todo ello a la nefanda herejía de los locos arrianos, como los califica Teodoreto de Cirro (HE. II.8.15). La violencia religiosa por parte de los arrianos era muy variada y cruel.

Todas estas calamidades las sufrían los que rechazaban la imposición de las manos de los arrianos y la comunión con ellos. En Sardica, los acusadores eran los que habían sido calumniados y atormentados, y eran públicas las pruebas de su culpa, por esto no entraron al concilio.

Atanasio, Marcelo y Asclepa hablaban francamente; los acosaban y desafiaban prometiendo no sólo refutar las acusaciones mostrando lo que habían hecho contra las iglesias. Se decidió examinar lo que tramaban. Se descubrió que eran calumniadores y que pusieron insidias a los colegas. Arsenio, del que se afirmaba que había sido asesinado por Atanasio, se encontraba vivo. De este hecho se deducía que todo lo divulgado eran fantasías.

El synodicon recoge otras calumnias y fábulas esparcidas por los arrianos contra los ortodoxos. De la bebida compuesta por el presbítero de Atanasio, Macario, los que vinieron de Alejandría, de la Mareotide y de otros lugares, testimoniaron que no había sucedido nada. Los obispos de Egipto escribieron a Julio y le confirmaron que no había ninguna sospecha.

Las actas procesales estaban fabricadas por un solo partido. Las actas eran los interrogatorios de paganos y de catecúmenos. Había un solo catecúmeno que, interrogado, afirmó que se encontraba dentro cuando Macario se hallaba en aquel lugar, y un segundo respondió que Ischira se encontraba enfermo en la celda, de lo que se deducía que no se había celebrado misterio alguno, porque dentro estaban los catecúmenos e Ischira no estaba presente por encontrarse enfermo.

Ischira había mentido al afirmar que Atanasio había quemado un libro sagrado; y convencido de que continuaba mintiendo, confesó que cuando Macario estaba presente, él se encontraba enfermo en cama, de lo que se desprendía que era un calumniador. Por esta acusación, Ischira recibió el título de obispo, aunque no era ni siquiera un sacerdote.

Llegaron dos sacerdotes, seguidores de Melicio, que testimoniaron que nunca habían sido presbíteros de Melicio, y que la Iglesia en Mareotide no había tenido a Melicio o a un ministro suyo. Se leyó el libro de Marcelo y se descubrió el plan de los eusebianos. A Marcelo le acusaban de no dar al Verbo Divino un principio de María. No escribió que su reino tiene un fin, sino que es un principio y sin fin. Asclepa, delante de los acusadores y de Eusebio de Cesarea, llevó las actas de Antioquía y demostró que la opinión de los obispos que le habían juzgado era que era inocente. El synodicon recoge unos cuantos casos de calumnias de los arrianos contra los ortodoxos.

Con la huida del concilio confirmaron que sus acusaciones eran calumnias. No sólo acogieron a los que hacía tiempo habían sido acusados y arrojados a causa de la herejía de Arrio, sino que los elevaron a una escala más alta: los diáconos subieron a presbíteros, los presbíteros a obispos, con el fin de extender y propagar la impiedad, y arruinar la recta fe.

Teodoreto continuamente usó epítetos peyorativos y despectivos al referirse al arrianismo. El synodicon (HE.II.8.28) recoge la lista de los seguidores de Eusebio, que eran: Teodoro de Eraclea, Narciso de Neroniade de Cilicia, Esteban de Antioquía, Jorge de Laodicea, Acacio de Cesarea de Palestina, Menofanto de Éfeso, Ursacio de Singiduno de Misia y Valente de Mursa de Pannonia. No se cita a ningún obispo de África, de Occidente ni de Italia, sólo uno de Pannonia. Todos estos y los que fueron con ellos del Oriente no les permitieron entrar en el concilio ni vincularse con la Iglesia de Dios. Tal era su proceder de impedir todo contacto con los ortodoxos.

El synodicon recoge otros datos interesantes de su comportamiento (HE.II.8.30). Celebraron un sínodo local y establecieron pactos entre amenazas. Llegados a Sardica, no participaron en el juicio ni se unieron al concilio, sino que, llegados, enseguida huyeron.

Se conocieron estas cosas por Macario de Palestina y por Asterio de Arabia, que fueron con los arrianos pero no comulgaban con su impiedad. Éstos, llegados al concilio, se lamentaron de la violencia sufrida, y refirieron que no habían obrado con rectitud. Añadieron que muchos partidarios de la recta fe los impedían venir, amenazando, cuando querían estar apartados de ellos. Se preocuparon de que todos moraran en la misma casa, y no les permitieron hacer nada por su cuenta. El control de los arrianos sobre los acompañantes era total, no fuera que los ortodoxos los hicieran cambiar de fe.

El synodicon (HE.II.8.32) vuelve a enumerar la violencia religiosa ejercida por los seguidores de Eusebio: calumnias, encarcelamiento, asesinatos, torturas, falsas cartas, violencia, desnudar a las vírgenes, destierro, ruina de iglesias, incendios, traslados de pequeñas ciudades a grandes diócesis, y sobre todo, la herejía, que ahora asaltaba la recta fe. La violencia religiosa arriana contra los ortodoxos era de todo tipo, y no retrocedía ni ante los asesinatos ni ante los incendios de iglesias. Se reconoció en el concilio la inocencia de Atanasio, de Marcelo, de Asclepa y de sus colegas. Se escribió a sus diócesis para que cada iglesia conociera la pureza de su obispo, lo tuvieran y lo aceptaran como tal. Nadie llame obispo ni cristiano a los que vienen como lobos a sus iglesias. Gregorio de Alejandría, Basilio de Ancira y Quinziano de Gaza: que nadie entre en comunión con ellos ni reciba sus cartas.

El concilio privó del episcopado a Teodoro de Eraclea en Europa; a Narciso de Neroniade de Cilicia; a Acacio de Cesarea en Palestina; a Esteban de Antioquía, a Ursacio de Singiduno en Misia; Valente de Mursa, en Pannonia; Menofanto de Éfeso, Jorge de Laodicea. Jorge había sido arrojado de Alejandría, y los otros participaban con él de la locura de Arrio, y por las acusaciones contra ellos. Juzgaron que no eran obispos ni dignos de la comunión con los fieles. La violencia religiosa de los ortodoxos contra los arrianos tampoco retrocedía en deponer de sus diócesis a los obispos arrianos7.

El synodicon 8 termina(HE.II.8.34-53) con una profesión de fe 9 . Ofrece (HE.II.8.54) otros datos importantes sobre la lucha de arrianos y ortodoxos. Constante se encoraginó viendo la debilidad del hermano, y se indignó contra los que habían tramado tales maquinaciones y engañado al emperador. Por medio de dos obispos que habían participado en Sardica, envió una carta al hermano, y en su compañía el estratega Saliano, que en 344 era magister equitum10.

La carta de Constante contenía una exhortación, un consejo y una amenaza. Al hermano le aconsejaba oír a los obispos y reconocer las culpas que Esteban y otros habían cometido; restituir a su iglesia a Atanasio, siendo manifiesta la calumnia de los acusadores y la culpable hostilidad de los anteriores juicios. Añadía que si se dejaba convencer ocuparía Alejandría, restituiría a Atanasio y arrojaría a sus opositores. Constancio, que se encontraba en Antioquía, prometió cumplir lo que el hermano le aconsejaba.

La misma casa imperial estaba dividida, y un emperador presionaba a su hermano con motivo de la discusión entre arrianos y seguidores del credo de Nicea.

La violencia cristiana de Esteban contra los obispos Eufrate y Vincencio

Esteban (Theodoret. HE.II.9-10), obispo de Antioquía, y sus colaboradores, dañaban a los seguidores de la ortodoxia. Un joven de mala vida ultrajaba y golpeaba a los ortodoxos; entró en sus casas y sacó a hombres y mujeres castos de sus viviendas. Señala Teodoreto en qué consistía la violencia ejercida por el joven contra los ortodoxos. Recoge el historiador su malvado proceder. Tomó una prostituta. Reunió a unos facinerosos y los ocultó en la falda del monte; se fue allí con la prostituta y se situó a la puerta de la habitación de los obispos a los que quería perjudicar gravemente. La puerta estaba abierta por haber sobornado con dinero a un esclavo. Condujo el joven a la prostituta a donde dormía uno de los obispos. La hizo entrar y después llamó a sus cómplices. Eufrate, el más viejo, dormía en la estancia anterior, y Vincencio, en la interior.

Eufrate, al oír los pasos de la prostituta, preguntó que quién caminaba. Al escuchar una voz femenina, creyó que se trataba de un demonio. Onagro, el jefe del malvado grupo, entró llamando malvados a los que pensaba ser jueces de la impiedad. Cerrada la puerta, pudieron capturar a siete con la ramera, mientras Onagro y otros huyeron. Al alba despertaron al estratega, que había ido con los obispos, ocuparon el palacio y gritaron contra las temerarias empresas de Esteban. El que más gritaba era el estratega, que pedía al emperador juzgar la malvada audacia, no en un sínodo, sino mediante un proceso. Prometió que los clérigos de los obispos fueron los primeros en ser torturados, y que los siervos de Esteban sufrieron el mismo tormento. Antes de la declaración se torturaba a los que la hacían. El emperador y los magistrados dijeron que la investigación sobre lo sucedido se hiciera dentro del palacio imperial. Se interrogó a la prostituta. Ésta afirmó que un joven había solicitado sus servicios para unos extranjeros, y que fue conducida al albergue; que un grupo de personas del lugar la había acompañado dentro de la puerta, y la convencieron para que entrara en la estancia anterior. Refirió la pregunta del obispo y la entrada de los acompañantes. Los jueces condujeron al más joven de los capturados que, sin esperar a ser torturado, reveló el plan y confesó que Onagro lo había planeado todo; que conducido a los jueces, reveló que lo había planeado todo Esteban.

Se permitió a los obispos presentes deponerlo y arrojarlo de la Iglesia, que no fue liberada del todo de la peste arriana, pues sucedió en la sede episcopal. Leoncio, discípulo de Luciano de Antioquía, enemigo de Atanasio, le echaba en cara que se había castrado la cohabitación con una virgen subintroducta.

Es un caso que indica hasta dónde se llegaba en la violencia religiosa cristiana entre arrianos y ortodoxos, hasta utilizar a prostitutas para desprestigiar a los obispos ortodoxos.

Descubierto el proyecto, todo terminó en un juicio en el palacio imperial, que depuso de su sede episcopal a Esteban, que había sido el promotor del plan11.

Carta de Constancio a Atanasio

Constancio escribió una segunda carta a Atanasio, en la que le instaba a acudir sin tardanza al emperador, utilizando los servicios públicos, para que obtuviera todo lo que deseaba de él (Theodoret. HE.II.11).

Violencia religiosa de Constancio contra Atanasio

En el año 350 murió Constante en Gallia, traicionado por los sicarios de Maquencio. Los que rodeaban a Constancio, que era débil y le llevaban donde querían, le recordaban la contradicción sostenida con su hermano con motivo de Atanasio, y poco faltó para que no estallara la guerra declarada entre los hermanos. Constancio ordenó que Atanasio no sólo fuera arrojado de su sede episcopal, sino que fuera asesinado, y mandó a Sebastiano, dux Aegypti en los años 356-35812, al frente de un pelotón de soldados muy numeroso, con la orden de eliminarlo como si fuera un malhechor. Es un caso de suma violencia religiosa cristiana del emperador contra una figura preeminente de la Iglesia. La violencia era la máxima que se podía ejercer: el asesinato. Atanasio huyó. El comandante se presentó con un destacamento de 5.000 soldados, armados con todo tipo de armas: espadas, arcos, lanzas y clavas. Rodearon la iglesia con los soldados para que nadie pudiera huir.

Atanasio, considerando que era absurdo abandonar al pueblo en medio de tanta confusión, se sentó en la cátedra episcopal y exhortó al diácono a leer un salmo, y al pueblo a escucharlo. Después, todos se retiraron. El comandante y los soldados entraron en la iglesia para apoderarse de Atanasio. El clero y el pueblo gritaban y pedían que Atanasio se fuera. Atanasio no se retiraba si antes no salían todos, diciendo que era mejor que afrontase el peligro a que algunos de ellos fueran maltratados. Los monjes y algunos clérigos que estaban presentes volvieron atrás y le llevaron con ellos. Pasó Atanasio entre los soldados y se retiró (Theodoret. HE.II.13). La fuente de información de estos sucesos es la Apología de la huída de Atanasio, como indica Teodoreto.

Maldades de Jorge de Alejandría

Teodoreto (HE.II.14) se detiene en enumerar las maldades de Jorge, al que el historiador califica de lobo, y que se portó con su grey más cruel que un lobo, oso o pantera. A los que habían hecho voto de virginidad perpetua los obligó, no sólo a rechazar la comunión con Atanasio, sino también a anatematizar la fe de los Padres; les obligó, pues, a apostatar de la ortodoxia.

Su colaborador era un cierto Sebastiano, jefe militar que alzó una pira en el centro de la ciudad; desnudó a las vírgenes colocadas alrededor y las obligó a renegar de la ortodoxia. Ellas aceptaron los golpes por la fe.

Después de la semana de Pascua, se encarcelaron algunas vírgenes; se encadenó igualmente, por los soldados, a algunos obispos. Se robaron las casas de los huérfanos y de las viudas. Se saquearon casas y algunos cristianos fueron sacados fuera de ellas de noche. Se sellaron las habitaciones, y los hermanos de los eclesiásticos corrieron peligro.

Es interesante señalar que son las vírgenes, como más débiles, los obispos, y los jefes de la comunidad los principales atacados. La violencia era frecuentemente la misma.

En la semana después de Pentecostés, el pueblo, ayunando, marchó a rezar al cementerio, pues todos evitaban la comunión con Jorge, lo que indica que la mayoría del pueblo era ortodoxo. Jorge animó a Sebastiano, que era maniqueo, a que con un pelotón de soldados armados, asaltase el domingo el pueblo. En Alejandría como en Antioquía, el instigador de la violencia era el obispo, echando mano de la fuerza militar. Levantó una pira y, colocando las vírgenes alrededor del fuego, quería obligarlas a declararse de fe arriana. Al no conseguir nada, las desnudó; las abofeteó de modo que, transcurrido mucho tiempo, no podían ser reconocidas. Detuvo y atormentó a cuarenta hombres. Cortó bastones de palma, que eran puntiagudos, y desolló con ellos los costados. Algunos, a causa de las puntas clavadas en el cuerpo, tuvieron que ser entregados a los cirujanos, y otros murieron. El pueblo era también objeto de crueles tormentos. Saquearon a los que habían arrestado y deportaron a las vírgenes al grande Oasi. No permitieron entregar los cadáveres a sus cónyuges; los dejaron insepultos, pensando de este modo esconder la gran crueldad cometida. Se equivocaron, porque los familiares de los muertos estaban contentos por la confesión de fe y lloraban por los cadáveres, y así se difundió una gran prueba de su impiedad y crueldad, según términos usados por Teodoreto. La prohibición de enterrar los cadáveres era una de las mayores afrentas que se podía hacer.

Se desterraron los obispos de Egipto y de Libia: Ammonio, Muio, Caio, Filón, Ermes, Plenio, Psenosiri, Nilamone, Agato, Anaganfo, Marco, otro Ammonio, Draconcio, Atenodoro, y los presbíteros Ierace y Dioscoro. Los maltrataron tan cruelmente durante el viaje que algunos murieron; otros, durante el destierro. Como ya se ha señalado, los obispos eran los más atacados por los arrianos. Desterrándolos, quedaban los fieles ortodoxos sin jefes, y se podían sustituir por otros arrianos.

Desterraron más de treinta obispos. Atanasio animó a las vírgenes. No se sentía Atanasio seguro desde el momento en que el emperador había ordenado cogerle vivo o llevar su cabeza cortada, prometiendo una fuerte recompensa al que lo hiciera. La fuente de estos sucesos es la Apología de la fuga de Atanasio.

Concilio de Milán

Flavio Magno Magnencio ocupó Occidente muerto Constante. Constancio partió a Europa para combatir al tirano (Theodoret. HE.II.15). Esta guerra no interrumpió la lucha contra la Iglesia. Constancio se dejaba persuadir fácilmente y había abrazado la causa de la herejía. Le convencieron para que reuniera un concilio en Milán, y a que todos reunidos, dieran el visto bueno a las deposiciones acordadas en Tiro por aquellos impíos jueces; arrojara a Atanasio de la Iglesia y redactar otro símbolo de la fe. Reunidos los obispos en presencia del emperador, afirmaron que ordenaba cosas injustas e impías. Fueron arrojados de las iglesias y condenados a habitar los confines del mundo. Teodoreto copia un párrafo de la Apología de la fuga de Atanasio, que enumera los obispos desterrados13: Liberio de Roma, Paolino, metropolitano de Galias, Dionigio de Italia, Lucífero de Cerdeña, Eusebio de Italia, con el sólo motivo de no asentir a la herejía arriana y no suscribir las calumnias y acusaciones tramadas contra ellos.

Se desterró al famosísimo Osio, presidente de muchos concilios, padre de los pobres. Fue desterrado por no suscribir las insidias de los arrianos. Atanasio, en su Apología de la fuga, 4 s., hace un grandísimo elogio de esta figura clave en las luchas entre arrianos y ortodoxos.

A continuación, se enumera la violencia arriana contra los ortodoxos: persecuciones y capturas, búsqueda; después de encontrarlos, tratarlos de modo que perecieran dolorosamente, o maltratarlos por todos los modos. ¿Qué lugar no recuerda su crueldad? ¿Qué adversario no inventó acusaciones? ¿Qué Iglesia no llora por sus insidias?, se pregunta Teodoreto. Siguen unos casos concretos: Antioquía llora por Estacio; Balanea por Eufrazio; Palto y Antadaro por Cimazio y Carterio; Adrianópolis por Eutropio y por Lucio, encadenado y muerto en la cárcel; Ancira por Marcelo; Berea por Ciro, y Gaza por Asclepa14. Otros nombres se pueden añadir: buscaron a Teódulo y a Olimpio de Tracia, que huyeron.

Coloquio entre Constancio y Liberio

Teodoreto intercala en su Historia Eclesiástica (II.16) la conversación entre Constancio y Liberio, obispo de Roma15.

Constancio llamó a Liberio para exhortarle a rechazar la comunión con la indecible locura del impío Atanasio. Todo el mundo cree que es una condena justa, una decisión conciliar lo juzgó fuera de la comunión de la Iglesia. Liberio le respondió que conviene que los jueces eclesiásticos sean elegidos con gran justicia. "Si te parece oportuno, manda que se establezca un tribunal. Si te parece que Atanasio es digno de castigo, entonces que se pronuncie una sentencia contra él, según el juicio de la Iglesia. No se puede condenar a un hombre sin juzgarlo".

La proposición de Liberio era totalmente justa. Constancio respondió: "Todo el mundo ha condenado sus impiedades. Él siempre elude el justo castigo". Liberio: "Los que suscribieron la condena no fueron testigos de visu de sus acciones. La suscribieron por presunción y por temor de ser deshonrados por ti". "Los que no aman la gloria de Dios, sino que prefieren tus dones, condenan sin juzgarlo. Esta es costumbre extraña a los cristianos".

Constancio: "Fue juzgado estando presente en el concilio de Tiro, donde dieron la sentencia todos los obispos de la Tierra". Liberio: "No fue jamás juzgado estando presentes. Cuantos se reunieron y lo condenaron, lo hicieron injustamente después de la marcha del lugar del juicio".

El eunuco Eusebio afirmó que en el concilio de Nicea fue declarado contrario a la fe de Nicea. Liberio: "Sólo cinco de los que navegaron con él en Mareotide lo juzgaron, y éstos habían sido enviados para recoger pruebas contra el acusado. Dos han muerto y tres están vivos. Según el testimonio de estos enviados en Sardica, con este fin, se preparó la sentencia. Después entregaron algunos libros pidiendo perdón por lo que hicieron en Mareotide contra el recuerdo de Atanasio, con motivo de las calumnias de un solo partido. Estos libros los tenemos en nuestras manos. ¿A quién hay que dar crédito? ¿A los que primero acusaron y después pidieron perdón, o a los que ahora le acusan?".

El obispo Epitteto dijo al emperador: "Liberio, oponiéndose a ti, no habla ni por la fe ni por el juicio de la Iglesia, sino por poder vanagloriarse entre los senadores romanos de haber convencido al emperador".

Constancio a Liberio: "Tú eres el único que apoyó a un hombre impío y rompes la paz de la Tierra y del Mundo entero". Liberio: "Por ser yo solo no disminuye la causa de la fe. Antiguamente, sólo tres se opusieron a la orden del rey".

El eunuco Eusebio: "Tú haces un Nabucodonosor de nuestro emperador". Liberio: "Tú condenas sin motivo a un hombre que no hemos juzgado. Yo pido convalidar la fe de Nicea, con el fin de que nuestros hermanos sean llamados del destierro y devueltos a sus sedes". Liberio propone que si se viera que los que han suscitado tumultos se han adherido a la fe de los Apóstoles..."vayamos todos a Alejandría, donde se encuentra el acusado, los acusadores y los defensores, examinemos las cosas y podamos juzgarlos".

El obispo Epitteto alegó que no había transporte público suficiente para traer a los obispos. Liberio: "Los problemas eclesiásticos no tienen necesidad de transporte público. La Iglesia tiene medios de desplazamiento". El Emperador: "No se puede derogar lo ya establecido. El voto de la mayor parte de los obispos debe tener fuerza de ley. Tú eres el único que abraza la causa del impío". Liberio: "Jamás se ha oído que un juicio proclame la impiedad del acusado en su ausencia". El emperador: "Ha ofendido a todos y al que más, a mi. No le basta la muerte de mi hermano mayor. No ha cesado de instigar a Constante para que sea mi enemigo. Ningún suceso, ni contra Magnencio y Silvano, será para mi tan grande como el de arrojar a este impío de los asuntos de la Iglesia". Liberio: "Si quieres llamar a los obispos a su sede, y si parece que ellos están de acuerdo con el que hoy se opone a la fe ortodoxa de Nicea, se reúnan en el mismo lugar y con vistas a la paz del Mundo, para que aquel hombre sin culpa no sea juzgado culpable".

El emperador quiere enviar a Liberio de nuevo a Roma, una vez que haya aceptado la comunión con la Iglesia. "Obedece, firma y vuelve a Roma". Liberio: "Las leyes de la Iglesia son más importantes que mi estancia en Roma". El emperador: "Tienes tres días para decidir si suscribes y vuelves a Roma, o pensar si quieres ser deportado". Liberio: "En tres días no puedo cambiar mi pensamiento. Mándame donde quieras".

El emperador, dos días después, no habiendo cambiado Liberio de pensamiento, lo desterró a Berea de Tracia. Le envió 500 áureos para los gastos. Liberio le contestó que los repartiera a sus soldados. La emperatriz le envió la misma suma de dinero. Liberio le respondió que la entregara al emperador, pues la necesitaría para sus expediciones militares. Liberio: " ¿Ha expoliado las iglesias de toda la Tierra y me da una limosna como a un condenado?". A los tres días marchó Liberio al destierro sin aceptar nada.

El diálogo entre Constancio y Liberio era un diálogo de sordos. Cada uno estaba firme en su decisión. El emperador intentó atraer a su causa a Liberio, sin conseguirlo, y lo desterró, caso descarado de violencia religiosa imperial. Tenía poder para ello.

Para Constancio, Atanasio había sido condenado legalmente. Liberio pedía un tribunal eclesiástico. La condena era injusta, pues los que le condenaron no fueron testigos de las acciones. Suscribieron la condena por temor al emperador. Liberio no dio valor a la condena de Atanasio en Tiro, pues no fue juzgado estando presente. Fue juzgado y condenado estando ausente. El emperador defendió que no se podía derogar lo establecido. El voto de la mayor parte de los obispos tenía fuerza de ley. Liberio insistió en que Atanasio fue acusado en su ausencia.

Destierro y vuelta a Roma de Liberio

Pasados dos años del destierro, Constancio visito Roma (Theodoret. HE.II.17). Las esposas de los que desempeñaban cargos públicos y de los honorati, ìdieron a sus esposos que suplicasen al emperador que devolviera a Liberio a su grey. Las esposas temían la ira del emperador. Acudieron al emperador lujosamente vestidas. El emperador rechazó la petición, ya que Roma no necesitaba de pastor. Liberio ordenó a uno de los diáconos fieles a él, de nombre Félix, que fue impuesto por Constancio como obispo de Roma entre los años 355 al 358. Seguía la fe de Nicea, pero no tenía inconveniente en estar en comunión con los enemigos. Las iglesias estaban vacías. Constancio se plegó a la petición de las damas y ordenó que Liberio volviera a su cátedra de Roma. La orden por escrito se leyó en el circo, y la multitud gritó que la solución dada por el emperador era justa, pero se dividió en dos bandos. Uno favorecía a uno y otro al otro. Liberio volvió16. Félix se retiró a otra ciudad; según otra versión, a la Vía Aurelia, donde levantó una iglesia. El poder de desterrar y de permitir la vuelta de los obispos lo ejercía el emperador.

Concilio de Rimini del 359

Los seguidores de Arrio convencieron a Constancio, que tenía poder de convocar concilios, para convocara un concilio en Rimini de los obispos occidentales y orientales. En él participaron más de 400 obispos del Occidente, con el fin de borrar de la fórmula de fe los términos ousia y homoousios, aprobadas contra la doctrina arriana. Sostenían que estos dos términos eran la causa de la discordia entre las iglesias, lo que era la pura verdad. Los seguidores de la locura arriana intentaron engañar a la multitud de obispos reunidos, y en particular a los obispos occidentales, que eran de costumbres sencillas. En realidad, el problema arriano era un problema de la Iglesia oriental. Afirmaban que no era necesario herir el cuerpo de la Iglesia por culpa de dos palabras que no se encontraban en las Sagradas Escrituras, sino afirmar que el Hijo es en todo semejante al Padre; abandonar el término ousia, que no se hallaba en las Sagradas Escrituras.

Los obispos excomulgaron a los que afirmaban esta doctrina. Se anatematizó a los jefes del arrianismo, declarándolos herejes, y los depusieron: Ursacio, Valente, Germanio, Gaio, Auscucio y Demófilo. En este caso, se depuso a los obispos17 por medio de una carta manifestaron al emperador su pensamiento. Afirmaron ser los herederos del credo de Nicea (Theodoret. HE.II.18). La fórmula de fe quedó clara en la carta sinodal del concilio de Rimini, enviada a Constancio (Theodoret. HE.II.19).

La carta termina pidiendo al emperador que acoja a los embajadores y que no permita introducir novedades, pues las recientes innovaciones han generado incredulidad en los fieles y crueldad en los no creyentes. Suplican que permita volver a los obispos desterrados. La carta fue entregada al emperador, pero no se recibió a los embajadores (Theodoret. HE.II.20). Se pide nuevamente que vuelvan los obispos desterrados a sus diócesis.

Concilio de Nice en Tracia y su símbolo

Los seguidores de Arrio no cesaban en su empeño de quitar de la fórmula de fe las dos palabras, ousia y homoousios, y sustituirlas por homoios. La carta anterior irritó al emperador, que era un arriano convencido, y se creía en la obligación de defender esta doctrina ejerciendo la violencia contra los ortodoxos. Muchos obispos, contra su voluntad, fueron conducidos a Nice18, ciudad de Tracia. Amenazando a unos y engañando a otros, les convencieron para llevar a efecto sus maquinaciones, inventadas contra la ortodoxia. Teodoreto (HE.II.21), inserta en su Historia Eclesiástica la fórmula de fe, que es reveladora del partido de los arrianos. Estos sacrílegos no aceptaban ni esta fórmula, y en lugar de homoios predicaban anómoios. Se trataba de los anomeos, llamados eunomeos, seguidores de la enseñanza de Eunomio de Cícico, que sostenía que el Hijo no era igual al Padre, que era de otra ousia y que fue creado de la nada19.

La fórmula de fe propone suprimir el término ousia. No es necesario hablar de una sola ipostasi. Unos por temor, otros por engaño suscribieron esta fórmula de fe. Los que no asintieron fueron desterrados.

Carta sinodal de Damasco y de los obispos occidentales sobre el concilio de Rimini

Los obispos occidentales pusieron bajo acusación éste símbolo, y escribieron una carta a los del Illirico. El primero que lo escribió fue Damasco. Junto con él, escribieron noventa reunidos en Roma, procedentes de Italia y de Galia. Afirman que en la relación de los hermanos galos y vénetos, algunos participan abiertamente de la herejía. Particularmente se condenó a Aussencio de Milán. Hacen una profesión de fe20: el Padre y el Hijo son de la misma ousia. Los que opinan lo contrario son extraños a nuestra comunión. Algunos quieren corromper y manchar con otras consideraciones esta salvífica definición y la veneranda resolución. En Rimini, los que pretendían introducir innovaciones confesaron estar engañados, y no haber entendido que era contrario a la dicción de Nicea. Los que piensan de otro modo deben ser separados de nuestra comunión, y privados del nombre de obispos, lo que es un género de violencia religiosa (Theodoret. HE.II.22).

Atanasio (Theodoret. HE.II.23) aceptó sólo el concilio de Nicea. Escribio que Ursacio, Valente, Eudosio, Aussencio y también Demófilo21, fueron depuestos por escribir contra lo establecido en Nicea. Se negaron a anatematizar la herejía arriana, y prefirieron ser los jefes. Deponer de la sede episcopal es una violencia religiosa cristiana que practicaban tanto ortodoxos como arrianos. Doscientos obispos seguían la fe de Nicea, y se los comunicaron a Constancio. Los obispos depuestos en Rimini amenazaron a los contrarios con no dejarlos volver a sus diócesis, y hacerlos soportar violencias en Tracias en el invierno. Los depuestos tres veces en el concilio de Rimini se atrevieron a escribir que no es necesario decir que Dios tenía ousia e ipostasi.

Astucia de Leoncio de Antioquía y franqueza de Flaviano y de Diodoro

En Antioquía, después de que Esteban fuera arrojado de la asamblea eclesial, Leoncio obtuvo la cátedra episcopal, contra los cánones de Nicea. Se había castrado a él mismo22.

Leoncio fue acusado de vivir con una mujer bastante joven, llamada Eustolia. Se le prohibió vivir con ella y se eviró para poder vivir con ella. Seguía la doctrina de Arrio, pero en secreto. El pueblo y el clero estaban divididos en dos grupos: los que ponían la conjunción e en la dosología del Hijo, y los que ponían la preposición per y añadían a propósito del Espíritu Santo la preposición in.

Leoncio tramó muchas tremendas insidias contra los defensores, y consideró dignos de atención a los participantes de la impiedad. Ocultaba su pestífera enfermedad por temor del pueblo o por las graves amenazas de Constancio contra los que osaban decir que el Hijo era anomoios. En este caso intervenía nuevamente Constancio. Los que seguían la doctrina apostólica, no recibían de Leoncio, ni cuidado ni imposición de las manos, lo que era un género de violencia religiosa cristiana, mientras los seguidores de Arrio gozaban de la mayor autoridad, y se les escribe en las ordenes sagradas.

En aquel tiempo, Aecio23, maestro de Eunomio, arriano, fue ordenado diácono. Flaviano y Diodoro, ascetas, que luchaban por la fe apostólica, hicieron públicas las insidias de Leoncio contra la ortodoxia. Este hombre tenía malvadas costumbres, e intentaba obtener fama con su impiedad; había sido ordenado diácono para la ruina de la Iglesia. Amenazaba con alejarse de la comunión con la Iglesia; marcharse a Occidente.

Leoncio, por temor de quitar a Aecio el ministerio litúrgico, le confirió otro cargo.

Flaviano y Diodoro eran laicos y fueron los primeros en dividir los cantores en dos coros. Esta costumbre, al principio, se originó en Antioquía, pero pronto se extendió por todo el mundo. Pasaban todas las noches cantando himnos a Dios. Leoncio no se atrevió a prohibir estos cánticos, pero les suplicó celebrar esta liturgia en la Iglesia, lo que ellos aceptaron. Leoncio escribía en las ordenes de presbíteros y diáconos a los arrianos, aunque llevaran una vida disoluta, mientras que no honraba a los virtuosos y a los seguidores apostólicos, lo que era una clase de violencia religiosa.

Entre el clero se contaban muchos partícipes de la herejía, mientras que gran parte del pueblo combatía en defensa de la ortodoxia. La impiedad y las iniquidades cometidas por Flacito Estefano y Leoncio de Antioquía necesitaban un libro especial para ser contadas.

Se trata de un caso de lucha entre arrianos y seguidores de la fe de Nicea; de las astucias de los primeros para pasar desapercibidos y favorecer a los arrianos, perjudicando a los ortodoxos. Desenmascararon el proceder dos ascetas laicos (Theodoret. HE.II.24).

Eudossio y la oposición de basilio de Ancira y de Eustacio

Muerto Leoncio, Eudossio, obispo de Germanicia, en los confines de Cilicia, Siria y Capadocia, marchó a Antioquía y se apoderó de la cátedra episcopal, lo que es un género de violencia religiosa cristiana, y comenzó a arruinar la viña del Señor. Al contrario que Leoncio, que ocultaba su maldad, abiertamente arremetía contra la fe apostólica y golpeaba con todo género de desgracias a los que le contradecían.

Basilio, obispo de Ancira, en Galacia, y Eustacio, obispo de Sebaste, en Armenia, conocida la iniquidad y locura de Eudossio, informaron de su audacia a Constancio. Por medio de una carta acudieron a la suprema autoridad, que podía frenar la violencia religiosa contra los ortodoxos. Basilio y Eustacio eran amigos del emperador y gozaban de gran autoridad por su vida virtuosa (Theodoret. HE.II.25).

Segundo concilio de Nicea

Estando la situación así, Constancio escribió a los antioquenos que él no había concedido la cátedra episcopal de Antioquía a Eudossio, como éste afirmaba, y ordenó arrojarlo de la ciudad y castigarlo por los hechos en Nicea de Bitinia, lo que era un caso de violencia religiosa.

Convocó un concilio. Eudossio convenció a los consejeros del emperador que fuera Nicea el lugar del encuentro. La reunión no se pudo celebrar por culpa de un terremoto que destruyó gran parte de la ciudad y mató a muchísimos habitantes. Los obispos volvieron a sus sedes.

Pasado algún tiempo, Constancio se acordó de las acusaciones de Eudossio, y ordenó que el concilio se reuniera en Seleucia, en Isauria. Ordenó que en esta ciudad se reunieran los obispos orientales, los del Ponto y los de Asia. En Cesarea de Palestina tenía la cátedra episcopal Acacio, sucesor de Eusebio. El concilio de Sardica lo había depuesto, pero él, despreciando una tal multitud de obispos, no aceptó la decisión conciliar. Es un caso de deponer un obispo de su cátedra un concilio que no tuvo efecto.

En Jerusalem, después de Macario, ocupó la cátedra episcopal Massinio, defensor de la ortodoxia. Le habían arrancado el ojo derecho y amputado la muñeca derecha. Le sucedió Cirilo (348-386), que defendió la fe ortodoxa. Luchando por el primado ocasionaron grandes males. Se trata de un caso de lucha interna dentro de la Iglesia.

Acacio, apoyado en algunos pequeños pretextos, depuso a Cirilo y lo arrojó de Jerusalem. Se trata de un caso de violencia entre dos obispos. Cirilo marchó a Antioquía, y a continuación, a Tarso, donde se encontró con Silvano, obispo de la ciudad24. Acacio, conocido todo esto, le envió una carta a Silvano, informándole de la deposición de Cirilo. Silvano no le depuso por temor al pueblo, ya que gozaba muchísimo de sus enseñanzas; lo alejó del ministerio eclesiástico. Llegado a Seleucia, Cirilo entró en comunión con los seguidores de Basilio, Eustacio y Silvano, y con otros obispos del concilio. Acacio se fue a los obispos reunidos, que eran ciento cincuenta, y les comunicó repetidas veces, que no condividía sus decisiones si antes Cirilo no había sido arrojado del sínodo, por estar privado del episcopado. Es un ejemplo de violencia religiosa de unos obispos contra otros. Algunos obispos, deseosos de mantener la paz, rogaron a Cirilo que cediera, prometiéndole que después de las discusiones de los dogmas, se discutiría su caso. Cirilo no cedió. Acacio se marchó y se unió a Eudossio. Le quitó el temor, le animó a que le apoyara y fuera su aliado. Le impidió entrar en el sínodo y con él marchó a Constantinopla (Theodoret. HE.II.26).

Sucesos de los obispos ortodoxos en Constantinopla

Vuelto Constancio del Occidente (Theodoret. HE.II.27), se detuvo en Constantinopla. Acacio presentó muchas acusaciones al emperador contra los obispos reunidos, llamándoles "grupo de hombres malvados, convocados para la ruina y vergüenza de la Iglesia". Esto suscitó la ira del emperador, muy indignado por las acusaciones tramadas contra Cirilo. Se trata de un caso de violencia ante el emperador, ya de por sí indignado.

Las acusaciones de Acacio contra Cirilo eran las siguientes: vender los vestidos sagrados, tejidos con hilos de oro, regalados para honrar a la Iglesia de Jerusalem por Constantino a Macario, obispo de la ciudad, para que los vistiera al celebrar la solemnidad del divino bautismo. Añadía que un danzarín de teatro, habiéndolos comprado, se los había puesto y, mientras danzaba, se cayó, se destrozó y murió. Con tal socio intentaba juzgar y hacer justicia a otros.

Con este motivo, los ministros imperiales convencieron al emperador para que no convocara todo el concilio, sólo a dieciséis personas importantes. Los consejeros del emperador desempeñaron un papel importante en estas violencias. Los elegidos fueron: Eustacio de Armenia, Basilio de Galacia, Silvano de Tarso y Eleusio de Cícico. Ellos exhortaron al emperador a blasfemar de la locura de Eudossio, pero instruido de los que pensaban lo contrario, respondió que se necesitaba primero juzgar las cuestiones de fe.

Basilio, confiando en la amistad que le unía con el emperador, se tomó la libertad de criticarle, porque ponía insidias a la fe apostólica. Constancio se indignó y le mandó callar, como si fuera el responsable de la tempestad de la Iglesia. Eustacio dijo al emperador: "Porque si tú quieres que se discutan las cuestiones de fe, mira la barbaridad contra el Unigénito que se atreve a decir Eudossio". Constancio mandó leer la fórmula escrita y, muy indignado por la impiedad contenida en ella, preguntó a Eudossio si él la había redactado, lo que negó, y afirmó que la había escrito Aecio, lo que no tendría nada de extraño. Sería un caso de debía ser corriente, falsificar documentos a nombre de otro.

Leoncio, aceptando las acusaciones de Flaviano y de Diodoro, le había privado de la diaconia, y que Jorge había tenido como sostén, ya de las impías palabras, ya de sus malvadas tentativas.

Muerto Leoncio, y habiéndose Eudossio apoderado violentamente de la Iglesia de Antioquía, volvió de Egipto con Eunomio, habiendo encontrado a Eudossio concorde con él, imbuido de la impiedad y en la lujuria sibarítica. Con Eunomio se pegó al trono. Había emulado el modo de vivir de los aduladores y frecuentando continuamente, ya uno, ya otro, se llenaba el vientre. Teodoreto le acusa de comedor. El emperador ordenó introducir a Aecio. Una vez dentro le mostró la fórmula escrita y le preguntó si era el autor. Ignorando lo sucedido y desconociendo el motivo de la pregunta, pensando que de la confesión obtendría alabanzas, dijo que era el autor. El emperador, conocida su impiedad, lo desterró a una localidad de Frigia.

Eustacio decía que también a Eudossio, pues Aecio era su compañero de casa y de comidas, condividía el modo de pensar y había contribuido a la propagación de su blasfemia. El emperador afirmaba que los jueces no decidían en base a conjeturas, sino que indagaban los sucesos con cuidado. Eustacio replicó "que Eudossio nos convenza a todos nosotros que no es su pensamiento, anatematizando lo escrito por Aecio".

El emperador acogió con gusto la investigación, y ordenó que se hiciera así. Eudossio tergiversaba muchos expedientes para evitar ser llamado. El emperador se indignó y amenazó con mandarlo con Aecio como partícipe de su impío pensamiento. Renegó de su doctrina, que no cesaba de profesar. Se opuso a los seguidores de Eustacio, diciendo que era necesario anatematizar la fórmula de homoousios, por no encontrarse en las Sagradas Escrituras.

Silvano no convenció a nadie de los presentes. Ambos bandos estaban totalmente afincados en sus ideas y no cedían. Se levantó un gran griterío de los seguidores de Eudossio y de Acacio, por lo que el emperador se enfureció y amenazó con echarlos de sus iglesias. Eleusio, Silvano y otros, dijeron que el emperador tenía el poder de condenar, mientras ellos, la posibilidad de elegir piedad e impiedad. Constancio arrojó a algunos de la iglesia y mandó que otros fueran elegidos en sus puestos. Eudossio se apoderó violentamente de la silla episcopal de la Iglesia de Constantinopla, echó a Eleusio de Cícico y colocó en su lugar a Eunomio, lo que constituye un caso de violencia religiosa grave.

El emperador ordenó por escrito condenar a Aecio. Los participantes de la impiedad obedecieron, condenaron a su aliado y escribieron a Jorge, obispo de Alejandría, para indicarle algunas cosas contra él. La narración de estos sucesos de Constantinopla indica claramente las continuas luchas de unos contra otros, las zancadillas, las calumnias, las acusaciones, el apoderarse de sedes episcopales fraudulentamente, los destierros de los obispos y los tapujos, al mismo tiempo que la intervención del emperador.

La carta sinodal contra Aecio

La dirigió a Jorge, obispo de Alejandría, el sínodo reunido en Constantinopla. El sínodo condenó a Aecio a causa de sus malvados escritos, llenos de escándalos. Los obispos procedieron según los cánones eclesiásticos. Se le privó de su diaconía y fue arrojado de la Iglesia (Theodoret. HE.II.28). Se exhortó a no leer sus malvados escritos, sino arrojarlos a causa de su inutilidad. El juicio de los obispos no puede ser más duro contra Aecio. Se anatematizó a él y a sus socios por mantenerse en su propósito, es decir, no cedían de su doctrina. Se consiguió que los obispos reunidos en el sínodo desterraran al responsable de los escándalos, de los cismas, de las continuas murmuraciones por todo el mundo, y de las discordias continuas de las Iglesias, y aprobaran las decisiones tomadas contra él. Le hacen responsable de la catastrófica situación de las Iglesias.

Sera, Estéfano, Eliodoro, Teófilo y sus seguidores25 no estaban de acuerdo con la decisión adoptada, y no querían suscribir, junto con los obispos, las decisiones adoptadas contra él. Si bien Sera acusó la loca arrogancia de Aecio, andaba diciendo que aquel, con temeraria audacia, afirmaba que Dios le había asegurado haberle revelado cosas que había ocultado desde los tiempos de los Apóstoles hasta el día de hoy. Se trataba de visiones falsas. Después de estos locos discursos sobre Aecio, de los que Sera daba testimonio, no se dejaron ni suplicar, ni inducir a decidir sobre Aecio, con todos los otros.

Los obispos les exhortaron de mil maneras a ponerse de acuerdo con todo el sínodo. Finalmente, se decidió la excomunión de ellos, dándoles un período de seis meses para convertirse y desear la unión y la concordia con el sínodo. Si acogían la concordia, serían recibidos en la Iglesia, y alcanzarían en los sínodos la libertad y la benevolencia. No se puede dar más facilidades para que los disidentes se incorporaran al sínodo. Si no lo hacían, perdían la dignidad episcopal y se nombraría en su lugar a otros obispos.

Separación de eunomianos de los arrianos

Eunomio, en sus libros, elogia a Aecio (Theodoret. HE.II.29) y le llama hombre de Dios. Los seguidores de Eudossio y de Acacio, que aprobaron las decisiones del sínodo de Nice en Tracia, ordenaron en el puesto de Basilio y de Eleusio a otros obispos de sus iglesias, lo que es un caso de violencia religiosa descarado, pero que era frecuente. Eunomio ocupó Cícico mientras aún vivía Eleusio. Eudossio, observando que el emperador se indignaba contra lo que sostenían, que el Unigénito Hijo de Dios era creado, exhortó a Eunomio a ocultar el propio pensamiento, y no revelarlo a los que buscaban un pretexto para acusarlo. Los casos de camuflaje del pensamiento debían ser frecuentes. Eunomio procedió de tal manera.

Los seguidores de la palabra divina no soportaban ver el engaño de sus palabras, pero creían que atacarle abiertamente era temerario y no inteligente. Disfrazados de malvados herejes fueron a su casa y le rogaron exponer claramente la verdadera doctrina. Se utilizó un camuflaje para que expusiera su auténtico pensamiento. Él reveló su pensamiento, oculto. Dijeron que era injusto e impío, si los que venían a él no fuesen partícipes de su verdad. Inducidos por estos y otros discursos semejantes, descubrieron sus blasfemias en los sermones de la iglesia. Le tendieron una emboscada y cayó en ella. Los calificativos de Teodoro a las doctrinas y a los seguidores de la herejía son siempre muy despreciativos y fuertes, como se ha señalado ya. Buscaban acusar a Eunomio ante Eudossio. Porque éste no los recibió, acudieron al emperador y se lamentaron de la peste que él era. Sostenían que lo que él afirmaba era más impío que la blasfemia de Arrio. El emperador ordenó a Eudossio condenar a Eunomio y privarlo del sacerdocio.

Eudossio, convocado muchas veces, continuaba sustrayéndose de los acusadores que acudieron al emperador gritando que Eudossio no había hacho nada de lo que se mandó, y no se cuidaba de una tan grande ciudad entregada a la blasfemia de Eunomio.

Constancio amenazó con desterrar al mismo Eudossio si no conducía a Eunomio para ser juzgado, y no lo hubiera castigado si se probasen las acusaciones. Eudossio escribió, temiendo estas amenazas, a Eunomio, para que huyera de Cícico. Eunomio, temeroso, se alejó, más no tolerando el deshonor, acusaba a Eudossio de traición y decía que había sufrido injusticia junto con Aecio. Crearon una secta. Cuando eran conscientes de su concordia en la fe, se apartaron de Eunomio y condenaron la traición. Eunomio, a partir de ahora, fue el jefe de la herejía. La secta se creó por ambición.

Cuando Aecio fue condenado, Eunomio no se vinculó a él, sino que permaneció ligado a Eudossio. Pagó su impiedad. No aceptó el veredicto del sínodo, sino que continuó ordenando obispos y presbíteros, aunque estaba privado de la dignidad episcopal, lo que era un delito muy grave.

Esta historia de la separación entre los eunomianos y los arrianos es muy interesante, por descubrir aspectos importantes del proceder siniestro de los grupos y de la desvergüenza en su actuación.

Sínodo de Antioquía y decisiones contra Melecio

Por entonces, Constancio (Theodoret. HE.II.31) se encontraba en Antioquía26. El emperador convocó de nuevo a todos los obispos para obligarles a renegar del término homoousios y heteroousios. Esto sucedió en el año 361. El emperador intervenía directamente en el problema crucial, que se discutía y era la causa de todas las discordias.

Eudossio había usurpado la cátedra episcopal y habiendo sido despedido, obtenía la de Constantinopla, después de muchos sínodos y contra toda norma. No deja de ser significativo del momento que un obispo arrojado de su sede episcopal obtenga la mayor y más importante sede, contra el parecer de los sínodos.

Los obispos reunidos dijeron que era necesario primero proponer un pastor, y después con él, decidir sobre los dogmas. Melecio, que gobernaba una ciudad de Armenia, era rechazado por la indocilidad de los fieles, y residía en otro lugar.

Los arrianos, suponiendo que estaba de acuerdo con ellos y que participaba de su doctrina, pidieron a Constancio concederle el obispado de Antioquía. Los arrianos, con este procedimiento, transgredían toda ley impunemente, intentando reforzar la impiedad. Los arrianos introdujeron en muchos lugares muchas novedades de este tipo. No obedecían las leyes eclesiásticas.

Los seguidores de los dogmas apostólicos, conociendo que la fe de Melecio era recta, y su virtud, determinaron todos juntos redactar un decreto, y con el mayor celo posible se pusieron a la obra para que fuese suscrito por todos.

Melecio recibió la llamada del emperador y se desplazó allí. Le salieron al encuentro todos los obispos, las otras ordenes de la Iglesia y todo el pueblo; también los judíos y los griegos. El emperador le ordenó, y a otros valientes en el hablar, explicar al pueblo la frase "El Señor me ha creado al principio de su vida para su actividad". A los estenógrafos mandó escribir lo que cada uno dijera.

El primero en hablar fue Jorge de Laodicea, que vomitó su herético hedor. Le siguió Acacio de Cesarea, que prefirió una enseñanza intermedia lejos de la blasfemia y sin mantener la enseñanza apostólica. En tercer lugar, Melecio mostró la recta vía de la teología. Logró una gran aprobación del pueblo.

Los seguidores de la enfermedad de Arrio levantaron la calumnia de que Melecio era seguidor de Sabelio. Elevaron en su puesto a Euzoio, descarado partidario de Arrio.

La impiedad creció. Los que seguían las enseñanzas apostólicas eran combatidos abiertamente, y sufrían insidias. Melecio fue arrojado de su sede episcopal, y fue colocado en ella Euzoio, jefe de la secta herética. En este episodio queda clara la división de la Iglesia, la fuerza de los herejes y sus intrigas para deshacerse de sus enemigos.

El gobierno de Juliano

Durante el gobierno de Juliano se documentan algunos casos de violencia religiosa contra los cristianos, permitidos por el emperador (Theodoret. HE.III.7). Son los siguientes:

En Ascalón de Gaza cortaron el vientre de algunos sacerdotes y de algunas vírgenes; los llenaron de cebada y los echaron a los cerdos.

En Sebaste de Palestina, quitaron las losas de la tumba de Juan Bautista; quemaron los huesos y esparcieron las cenizas.

En Eliópolis del Líbano, un cierto Cirilo, diácono durante el reino de Constantino, destruyó muchos ídolos. No sólo lo mataron, sino que le cortaron el vientre y comieron el hígado. A los que participaron en este odioso crimen les arrancaron todos los dientes y la lengua. También se les cegó.

En los confines de Emessa se consagró a Baco, como mujer, una iglesia de reciente creación, colocando una ridícula estatua andrógena.

En Dorostolo, ciudad de Tracia, el victorioso atleta Emiliano fue arrojado al fuego por Capitolino, vicario de Tracia, en 363.

Marco, obispo de Aretusa, en tiempos de Constancio, destruyó una capilla de los ídolos y construyó una iglesia. Los habitantes de la ciudad, conocida la intención de Juliano, descubrieron su odio contra el obispo. Al principio intentó huir. Cuando supo que algunos de los suyos estaban detenidos en su lugar, volvió y se entregó a aquella gente asesina, que no tuvo compasión de su ancianidad ni respeto a un hombre virtuoso. Primero le atormentaron, le desnudaron, le flagelaron todo el cuerpo, le arrojaron a una maloliente cloaca y, sacándolo, lo entregaron a una multitud de jóvenes, mandando golpearlo sin piedad con los estiletes. Lo metieron en una jaula, le untaron con salmuera y le colocaron al aire libre. Cuando hacía más calor, le expusieron a las picaduras de las abejas y de las avispas. Con este tormento le obligaron a reedificar el recinto destruido, o a pagar los gastos de la construcción.

Marco soportaba las atroces torturas y decía que no haría nada de lo que les proponían. Suponiendo que no pagaba por su pobreza, le condonaron la mitad de los pedido. No daba señales de dolor. Al final, le pidieron un poco de dinero. Se negó a darlo y le dejaron libre.

Legislación anticristiana

Prohibió Juliano a los cristianos estudiar poesía, retórica y filosofía, medida muy grave que dañaba la formación de los jóvenes. Ordenó despedir del ejército a los cristianos (Theodoret. HE.III.8).

Destierro de Atanasio

Juliano, dando oídos a la petición (Theodoret. HE.III.9), mandó desterrar y asesinar a Atanasio, que se alejó, y encontrando una nave, marchó a la región de Tebas. El comandante al que encomendó Juliano matarle, le siguió. Algunos aconsejaron a Atanasio meterse en el desierto, pero él mandó al timonel de la nave dirigirse a Alejandría, donde permaneció oculto todo el tiempo del gobierno de Juliano.

Es un caso, como la anterior legislación, de violencia religiosa ejercida por el emperador.

Política de Juliano

Con motivo del descubrimiento de las reliquias del mártir Babila, se organizó un cortejo, danzando y cantando melodías de David; la multitud gritaba: "Se avergüencen todos los aduladores de los ídolos" (Theodoret. HE.III.10). Juliano, al día siguiente, arrestó a los cabecillas del cortejo (Theodoret. HE.III.11). Flavio Salustio, de origen pagano y prefecto27, intentó convencer al emperador, al que Teodoreto califica de tirano, que no concediera a los cristianos, deseosos de gloria, lo que buscaban. Juliano no dominó la propia ira. A un joven que marchaba por la plaza, lo ató a un madero en público, laceró sus espaldas y horadó sus costados con garfios, continuamente de la mañana a la noche. Atado con cadenas de hierro, ordenó encarcelarlo.

A la mañana siguiente, el prefecto contó lo sucedido a Juliano, diciéndole que estos tormentos eran la gloria de los cristianos. Juliano se convenció y no permitió que otros cristianos fueran torturados. Mandó sacar de la cárcel a Teodoro. Un rayo quemó el recinto, y la estatua de Apolo quedó reducida a polvo. Era de madera recubierta de oro.

El prefecto del Oriente, Juliano, tío del emperador, se fue rápidamente a Dafne para prestar auxilio a su dios. Habiéndolo visto reducido a polvo, dio tormento a los guardianes del templo. Afirmaba que el incendio del templo se debía a algún cristiano. En medio de torturas, sostenían que el incendio procedía de lo alto, lo que confirmaron algunos vecinos. Juliano, en 362, era comes Orientis28. Se trata de un caso de violencia religiosa ejercida por un alto cargo administrativo del Imperio contra los cristianos.

Confiscación de los vasos sagrados

Juliano, al que Teodoreto (HE.III.12) califica frecuentemente de tirano, ordenó a los administradores imperiales confiscar los vasos sagrados y cerrar las puertas de la gran iglesia construida por Constantino, para que nadie entrase. La iglesia era de los arrianos.

Junto con el prefecto del Oriente, Juliano, entraron en el templo, Félix, administrador de los tesoros imperiales29 y Elpidio30, que era comes sacrarum largitiomun, y de los bienes privados del emperador. Ambos habían apostatado de la fe cristiana para agradar al impío emperador. Juliano orinó sobre el altar y abofeteó a Euzoio, que trataba de impedirlo. Los vasos sagrados eran de gran valor. Eran regalos de Constantino y de Constancio31.

Se trata de un caso de violencia religiosa contra los cristianos, ejercida por el emperador a través de altos cargos del gobierno. Esta confiscación era grave, pues sin vasos sagrados no se podía celebrar el principal rito cristiano, la Eucaristía.

El hijo cristiano de un sacerdote pagano

Teodoreto (HE.III.14) recoge en su Historia Eclesiástica el caso del hijo de un sacerdote pagano, que se había hecho cristiano. El padre lo llevó a casa; primero lo fustigó mucho, lo encerró en la cámara y, puestos los cerrojos, volvió a casa. El joven había destrozado todos los ídolos del padre. Es un caso de violencia religiosa de un sacerdote pagano contra su hijo cristiano.

Los mártires Joventino y Massimino

Juliano (Theodoret. HE.III.15) contaminó con odiosos sacrificios las fuentes de las ciudad y de Dafne. Impurificó toda clase de alimentos del mercado.

Dos soldados de la guardia imperial se lamentaron durante un banquete de la impureza que se cometía. Uno de sus compañeros lo denunció al emperador, que ordenó conducir a los dos soldados delante de él, y les preguntó qué habían dicho. Contestaron que lloraban viendo todo contaminado, los alimentos y la bebida ensuciados por los impíos sacrificios. Juliano se quitó la máscara de bondad y mostró el rostro de la impiedad. Los torturó cruelmente y les quitó la vida. Hizo corres la voz de que habían sido castigados por haber ofendido al emperador. Se trata de un caso de violencia ejercida directamente por el emperador.

Otros hechos contra la religión

Teodoreto (HE.III.16) cuenta otros hechos de Juliano contra la religión cristiana. Mientras distribuía, según la costumbre, la paga a los militares, se sentó en el trono imperial, y contra la costumbre, colocó un altar lleno de carbones, y el incienso sobre una mesa. Ordenó que todos los que recibieran el estipendio, que antes echaran en el altar unos granos de incienso y después recibirían el dinero de manos del emperador. Muchos desconocían todo esto; los que lo conocían, se fingieron enfermos y se escabulleron. Otros, sin embargo, deseosos de dinero, perdieron la propia salvación, y otros, por temor, traicionaron su religión. Es un caso distinto de los anteriores, de violencia religiosa ejercida por el emperador a los soldados cristianos.

Otros confesores

Después de la distribución de riqueza, algunos de los que habían recibido el dinero, banqueteaban juntos (Theodoret. HE.III.17). Uno, recibida la copa, no bebía antes de señalarla con el signo de la cruz. Un comensal le reprochó que era contrario a lo que había hecho antes. Preguntó qué acción suya era la contraria, y le recordó el altar, el incienso y la negativa. Estos casos, le recordó, son contrarios a la religión cristiana. Muchos que banqueteaban, comenzaron a llorar y a lamentarse. Se arrancaron los cabellos de la cabeza y se levantaron del banquete. Corriendo por el foro, gritaban que eran cristianos, que habían sido engañados por el emperador.

Con estos gritos, corrieron al palacio imperial, arremetiendo contra las astucias del tirano, y pidiendo ser arrojados al fuego para que, a través del fuego, pudieran ser purificados. Juliano mandó enseguida cortarles la cabeza. Llegados al lugar donde suelen ser castigados los delincuentes, el más viejo pidió al matarife que decapitase primero al más joven. Ya se había arrodillado y se había desenvainado la espada, cuando llegó uno anunciando el perdón, y que se prohibía la muerte. En este caso, la violencia imperial contra los cristiano llegaba hasta la muerte, que en este caso no se hizo.

El comandante Artemio

Era comandante de las tropas de Egipto32. Obtuvo esta magistratura en tiempos de Constancio. Habiendo destruido muchos ídolos, le robaron los bienes y fue decapitado (Theodoret. HE.III.18).

La diaconisa Publia

Publia (Theodoret. HE.III.19) era una mujer muy famosa por su virtud. Cantaba siempre himnos a Dios al paso del emperador, principalmente los himnos de David, que dicen: "Los ídolos de los gentiles son de plata y oro, obras de la mano de los hombres". El emperador la mandó callar cuando pasaba, pero ella no obedeció. Ordenó traerla. Hizo que algunos de sus guardias la golpearan y la ensangrentaran, pero ella continuó sus cantos. Es otro caso de violencia religiosa contra los cristianos. Juliano no respetaba ni la virtud ni la ancianidad.

La violencia religiosa del emperador Juliano contra los cristianos es un caso especial, por tratarse de un emperador que abandonó el cristianismo de su juventud, y que intentó restablecer el paganismo (Theodoret. HE.III.6.1-2), lo que contribuía a que los paganos arremetieran contra los cristianos.

Juliano, en la carta 114, fechada en 362, dirigida a los habitantes de Bosra, ciudad de Arabia, se refiere a la política religiosa seguida con los cristianos33. El gobernador Belo se había excedido en propagar el paganismo, lo que motivó las protestas del obispo de la ciudad, Tito de nombre. La carta es la respuesta de Juliano a Tito. Dice así:

Creía yo que los jefes de los galileos me estarían a mí más agradecidos que a mi predecesor en el gobierno del Imperio, pues en su reinado sucedió que la mayoría de ellos fueron expulsados, perseguidos y encarcelados, e incluso degollados una gran cantidad de los que ellos llaman heréticos, como en Samósata, Cícico, Paflagonia, Bitinia, Galacia, y en muchas otras regiones los pueblos han sido destruidos y arrasados totalmente, mientras que en mi reinado ha ocurrido lo contrario; en efecto, los desterrados han sido perdonados y los que habían sufrido la confiscación de sus bienes obtuvieron por una ley nuestra recuperación de todo lo suyo. Sin embargo, han llegado a tal extremo de rabia y de demencia que, como no podían ejercer la tiranía ni los que se hacía antes entre ellos y después contra nosotros que veneramos a los dioses, exasperados mueven todas las piedras y se atreven a perturbar a la muchedumbre y a provocar revueltas, portándose con impiedad hacia los dioses y con desobediencia a nuestros decretos, pese a ser tan filantrópicos. A ninguno de ellos permitimos por tanto que se le arrastre a los altares contra su voluntad y solemnemente les anunciamos que , si alguno voluntariamente quiere participar en nuestras abluciones y libaciones, que en primer lugar practique ritos purificatorios y suplique a los dioses apotropaicos; tan lejos nos encontramos, por Zeus, de haber querido o pensado alguna vez, que cualquiera de esos impíos participe en nuestros santos sacrificios antes de haber purificado su alma con súplicas a los dioses y su cuerpo con las purificaciones establecidas.

En efecto, las multitudes engañadas por los llamados clérigos es evidente que se rebelan por la supresión de esta impunidad, pues los que han sido tiranos anteriormente no se contentan con no pagar su merecido por las maldades cometidas, si no que, añorando su anterior dominio, como no pueden administrar justicia, escribir testamentos, apoderarse de herencias ajenas y repartirse todo para ellos mismos, dan velas al desorden, y como se dice, echando fuego al fuego, se atreven a poner encima de sus anteriores maldades otras mayores, al llevar a la multitud a la discordia. Por ello nos pareció oportuno anunciar y hacer público a todos los pueblos, por medio de este decreto, que no se unan a los clérigos revueltos, ni se dejen convencer por ellos para llevarse las piedras, ni para desobedecer a los gobernantes, sino que se reúnan cuando quieran y que recen las oraciones que crean; pero si se dejasen convencer por aquellos para rebelarse, que no exista concierto para que no sean castigados.

Decidí anunciar esto a la ciudad de Bosra en particular, porque su obispo Tito y los clérigos, a partir de la nota que me han enviado, han acusado a la muchedumbre que está con ellos: en efecto, si ellos la exhortan, no se rebela, pese a que la muchedumbre tiende al desorden. Así que la misma expresión que se atrevió a escribir en su nota la he insertado en este decreto: "Aunque los cristianos puedan competir en número con los griegos, retenidos por nuestra exhortación ninguno ha cometido ningún desorden". Estas son las palabras del obispo sobre vosotros. ¿Veis cómo afirma que vuestra tranquilidad no viene de vuestro espíritu, sino que contra vuestra voluntad, al menos eso dijo, sois retenidos por sus exhortaciones? Pues, ya que es vuestro acusador, expulsadlo voluntariamente de la ciudad y que las comunidades mantengan la concordia mutuamente. Que nadie se oponga ni se cometa injusticia, y que los que están extraviados respeten a los que con rectitud y justicia adoran a los dioses de acuerdo con nuestras eternas tradiciones, y que los adoradores de los dioses no dañen ni roben las casas de los que están extraviados más por ignorancia que por conocimiento. Hay que hacer caso a la razón y enseñar a los hombres no con golpes, ni con injurias, ni con malos tratos corporales. Otra vez más de nuevo exhorto a los que se lanzan a la religión verdadera a que no cometan ninguna injusticia ni que injurien. Hay que compadecer más que odiar a los que se equivocan en los asuntos más importantes, pues si el más importante de los bienes es verdaderamente la religión, también lo contrario, entre los males es la impiedad. Sucede que los que se pasan de los dioses a los muertos y reliquias pagan esta pena... y con los poseídos compartimos el dolor, pero, cuando son liberados y salvados los dioses, compartimos su alegría.

Promulgado en las kalendas de agosto en Antioquia.

(Tradución de A. García Blanco)

Violencia criminal de Dámaso

Aunque no la menciona Teodoreto en su Historia Eclesiástica por ser un caso escandaloso de violencia criminal contra cristianos, y por coincidir cronológicamente en el tiempo, conviene recordar la violencia asesina ejercida por Dámaso en Roma contra otros cristianos. Se está bien informado de la violencia de Dámaso ejercida con motivo de su elección al episcopado de Roma, por la narración de las Gesta inter Liberium et Felicem, documento anónimo transmitido por la collectio avellana CSE LXXV34, que son el documento más detallado de las sangrientos sucesos que motivaron la elección de Dámaso y Ursino, que la crítica moderna reconoce como histórico. Dice así:

Ocho años después, durante el consulado de Valentiniano y Valente (365), el 22 de noviembre, murió Félix. Liberio perdonó a los clérigos que habían cometido perjurio y los aceptó en sus propios puestos. Igualmente el 24 de septiembre, durante el consulado de Graciano y Dagalaiso (366),Liberio es eximido de las cosas humanas. Entonces los presbíteros y diáconos, Ursino, Amancio y Lupo, con la plebe santa que había guardado fidelidad a Liberio durante el exilio, comenzaron a reunirse en las basílica de Julio y solicitaron que el diacono Ursino fuese ordenado obispo en sustitución de Liberio. Pero los perjuros reunidos en Lucina reclaman como obispo en el puesto de Félix a Dámaso. A Ursino lo consagra Pablo, obispo de Tívoli. Cuando Dámaso, que siempre había ambicionado el episcopado, se enteró de esto, reúne a sueldo a todos los cocheros de cuadrigas y a la plebe inculta y armado con bastones irrumpe en la basílica de Julio y durante tres días se entrega a una desenfrenada matanza de fieles. Siete días después, acompañado de todos los perjuros y de gladiadores que había comprado con grandes sumas de dinero, ocupó la basílica de Letrán y fue ordenado allí obispo. Sobornando al juez de la urbe, Vivencio, y al prefecto de la Annona, Juliano, logró que Ursino, varón venerable, que había sido ordenado obispo con antelación, fuese enviado al exilio junto con Amancio y Lupo. Después de esto, comenzó Dámaso a reducir con bastonazos y matanzas de todo tipo a la plebe romana que no quería entregarse. Se esfuerza también por expulsar de la Urbe a siete presbíteros que habían sido detenidos por la autoridad. Pero el pueblo fiel, saliendo al encuentro, rescató a estos presbíteros y los llevó sin demora a la basílica de Liberio.

Entonces Dámaso reúne mediante perfidias a los gladiadores, a los cocheros de cuadrigas y a los enterradores y a todo el clero con hachas, espadas y bastones y pone sitio a la basílica en la segunda hora del día 26 de octubre durante el consulado de Graciano y Dagalaiso (366) y provocó una gran batalla. Forzaba y prendía fuego a las puertas para encontrar la manera de irrumpir dentro. Por su parte, algunos de sus acompañantes, tras destruir el techo de la basílica, hacían perecer arrojándoles tejas al pueblo fiel. Después todos los damasianos irrumpieron en el interior de la basílica y mataron a 160 de la plebe, tanto hombres como mujeres, e hirieron también a muchísimos otros, muchos de los cuales murieron. Por el contrario, del partido de Dámaso no murió ninguno. Tres días después la plebe santa se reunió y comenzó a recitar contra él las palabras del Señor, diciendo: "No temáis a aquellos que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma". Cantaba también los Salmos diciendo: "Dieron los cadáveres de tus siervos por pasto a las aves del cielo, y la carne de tus santos a las fieras de la tierra. Derramaron como agua su sangre en los alrededores de Jerusalén, sin que hubiese quien les diera sepultura" (Salmo 78).

Así pues, se reunía la plebe en la basílica de Liberio y clamaba diciendo: "Cristiano emperador, no se te oculta nada. Que vengan a Roma todos los obispos; que se abra una investigación; Dámaso ha causado ya cinco guerras; fuera los homicidas de la sede de Pedro". Así pues, el pueblo de Dios solicitaba con súplicas insistentes que se reuniesen los obispos para que mediante una justa sentencia expulsasen a éste, manchado con tanta impiedad, que era famoso porque las matronas le amaban tanto que era llamado escarbaorejas de las matronas.

Así pues las voces de la plebe llegaron al emperador Valentiniano, quien conmovido en su piedad, permitió el retorno de los exiliados. Entonces Ursino, junto con los diáconos Amancio y Lupo, volvió a la Urbe el 15 de septiembre, durante el consulado de Lupicino y Jovino (367). La plebe santa salió a su encuentro con alegría. Pero Dámaso, consciente como era de tantos crímenes, agitado de grandes temores, sobornó a todo el palacio imperial para que sus acciones no llegasen a conocimiento del emperador. El emperador, desconocedor de lo que Dámaso había hecho, promulga un edicto para que, manteniéndose a Ursino en el exilio, no se produzcan en lo sucesivo nuevos enfrentamientos funestos entre el pueblo. Entonces el obispo Ursino, varón santo y sin pecado, tras consultar a la plebe, se entregó en manos de los malvados y el 16 de noviembre, por mandato del emperador, se encaminó espontáneamente al exilio. Pero el pueblo, temeroso de Dios y que no cedía a ningún tipo de persecuciones, no tuvo temor del emperador, ni del juez (el prefecto de la ciudad), ni del mismo autor de los crímenes, el homicida Dámaso, y en los cementerios de los mártires celebraba reuniones sin la presencia de clérigos. Por ello, habiéndose reunido muchos fieles en Santa Inés, Dámaso irrumpió armado con sus satélites y acabó con muchos mediante una matanza devastadora. Este crudelísimo hecho desagradó mucho a los obispos de Italia. A éstos los invitó solemnemente a la fiesta de su aniversario y acudieron algunos de ellos a los que pidió con súplicas y dinero que emitiesen una condena contra el santo Ursino. Ellos respondieron: "nosotros hemos venido a un aniversario, no a condenar a una persona sin escucharla". De este modo, su malvado proyecto no alcanzó el efecto que deseaba.

(Traducción de R. Teja)

Esta narración es muy importante para el contenido del presente estudio. Se indica el deseo de hombres ambiciosos de poder y de dinero, como Dámaso, para obtener el episcopado por las grandes ventajas que tenía, en lo que coincide con Basilio de Cesarea. Dámaso utiliza el soborno para obtener sus fines. No retrocede ni ante la matanza en lugar sagrado de los adversarios. Logró Dámaso el destierro de Ursino, su oponente en el episcopado, que había sido consagrado obispo de Roma antes que él, y de siete presbíteros. Como la plebe continuaba siendo contraria, en 366 reunió nuevamente a cocheros de cuadrigas, sepultureros y al clero, y sitió en la basílica de Liberio a los oponentes refugiados en lugar sagrado. Sus participantes levantaron el tejado y apedrearon a los refugiados, matando a 160, e hirieron a otros muchos, algunos de los cuales murieron. Sin embargo, la plebe permaneció fiel cantando contra Dámaso. El pueblo pedía una reunión de obispos italianos para que se enteraran de lo sucedido y pronunciaran una sentencia justa.

Se confirma el éxito que tenía Dámaso entre las damas de la alta sociedas romana. El emperador Valentiniano intervino en el asunto, como era muy frecuente, y ordenó que los desterrados volvieran a Roma, año 367. Dámaso, ante la nueva situación, que se volvía adversa, sobornó a todo el palacio imperial. El emperador era el que tenía el último poder de decisión. Desconocedor de lo sucedido, mantuvo a Ursino en el destierro. El pueblo continuaba oponiéndose a Dámaso, que organizó una segunda matanza contra sus adversarios, reunidos en Santa Inés. Dámaso sobornó a los obispos de Italia para que condenaran a Ursino, pero no condenaron a una persona sin escucharla.

Casos como el narrado debían ser frecuentes en la lucha entre arrianos y ortodoxos, o en el nombramiento de obispos.

El gran historiador Ammiano Marcelino, pagano, pero no anticristiano, confirma la narración anterior y añade algún dato importante. Escribió:

Su sucesor fue Vivencio, prefecto de Roma del 365 al 367, quien previamente había sido cuestor del palacio imperial, persona íntegra y prudente, nacida en Panonia. Su administración se desarrolló de forma tranquila y pacífica, sin que faltase ningún tipo de abastecimiento. Pero también él se vio inmerso en el terror de cruentas sediciones populares provocadas por el siguiente hecho. Dámaso y Ursino, deseosos por encima de cualquier límite humano de apoderarse de la sede episcopal, se enfrentaban de manera violentísima por sus aspiraciones opuestas. Como los partidarios de uno y otro habían llegado a enfrentamientos que provocaban heridos y muertos, Vivencio, que se veía incapaz de frenar o de mitigar este proceso, se retiró a una residencia fuera de la ciudad, obligado por la violencia. En el enfrentamiento resultó vencedor Dámaso por la fuerza del partido que le apoyaba. Es un dato cierto que en la basílica de Sicinino, en donde hay una asamblea de rito cristiano, en un solo día se descubrieron 137 cadáveres de personas que habían perecido y que la plebe había estado largo tiempo enfierecida fue después calmada con dificultad.

Y no niego yo, teniendo en cuenta el fasto de la vida de la Urbe, que cuantos aspiran a disfrutarlo tengan que luchar con todas sus fuerzas para alcanzar lo que deseen, puesto que una vez que hayan logrado su objetivo, vivirán tan libres de preocupaciones que podrán enriquecerse gracias a las ofrendas de las matronas, podrán presentarse en público sentados en carruajes y ricamente vestidos y podrán organizar banquetes más fastuosos que los de los reyes. Pero podrían ser verdaderamente felices si, despreciando la grandeza de la Urbe con la que encubren sus vicios, vivieran imitando a algunos obispos de provincias a quienes la moderación en la comida y el la bebida, la simplicidad de su vestido y sus ojos entornados mirando siempre al suelo recomiendan por su honestidad buenas costumbres, a la eterna divinidad y a sus verdaderos adoradores.

Ammiano Marcelino confirma la lucha que la elección de obispo originaba frecuentemente. Los partidarios de uno y otro aspirante a la sede episcopal llegaban a enfrentamientos que originaban heridos y muertos. Los enfrentamientos eran tan feroces que el prefecto de Roma era impotente para impedir los encuentros, que el historiador califica de cruentas sediciones populares. Estos encuentros tenían carácter popular.

De los oponentes a Dámaso acogidos en la basílica de Sicinino (llamada también basílica Julia de Liberio), se recogieron 137 cadáveres. Ammiano Marcelino indica las causas por las que se luchaba por alcanzar las sedes episcopales, y las ventajas y honores del cargo, que confirma Gregorio Nacianceno, que renunció al obispado de Constantinopla cuando fue censurado por sus austeridades, y pronunció un sermón irónico y enfadado:

Ignoraba que debíamos rivalizar con los cónsules, los gobernadores y los generales famosos, que carecen de oportunidad para gastar sus ingresos, o que nuestros estómagos debían ansiar el pan de los pobres y consumir lo que ellos necesitan , en lujos, eructando frente a los altares. No sabía que debíamos cabalgar en hermosos caballos, o viajar en magníficos carruajes, precedidos por procesiones, mientras todos nos aclaman y nos abren paso como si fuéramos bestias salvajes. Lamento estas privaciones. Por lo menos han terminado. Perdonad mi error. Elegid a otro que complazca a la mayoría.

Juan Crisóstomo fue expulsado de la ciudad. Prohibió totalmente los agasajos episcopales. Comía sólo y austeramente. No recibía a los obispos visitantes, porque creía que debían permanecer en sus propias diócesis, en vez de cobrar elevados honorarios por su predicación en la capital.

Los sobornos de Cirilo de Alejandría en la corte imperial

Aunque no se hable de ellos en la Historia Eclesiástica de Teodoreto de Cirro como se han mencionado los sobornos en la corte imperial de Dámaso y a lo largo de este trabajo se mencionan sobornos, conviene recordar el caso más vergonzoso de soborno cometido en la corte imperial por un eclesiástico de la Iglesia antigua, que es el caso de Cirilo de Alejandría, con motivo del concilio de Éfeso, 431, del que se está perfectamente informado por la carta del archidiácono de Alejandría, Epifanio, dirigida a Maximiano, obispo de Constantinopla, consagrado en lugar de Nestorio.

En la carta se lamenta Epifanio de la flojera con que Maximiano y otras personas de la corte de Constantinopla ponen en defender la causa de Cirilo, a pesar de los magníficos regalos de todo género enviados para atraer a su causa a los más altos dignatarios de la corte de Teodosio II.

El tema ha sido muy bien estudiado por R. Teja35. Estas dádivas ascendían a las siguientes cantidades, según el resumen de R. Teja: 1380 libras de oro (327 gr. la libra) y 100 solidi (moneda de oro de 4'55 gr. de peso); 24 alfombras (tapeta) de diverso tamaño; 25 nacotapites (seguramente alfombras de lana); 24 bila (velos o cortinas), aunque aparecen también otras 18 piezas con el nombre de cortinae y 14 bilatapeta, seguramente tapices de diverso tamaño; 22 accubatilia, probablemente los cojines trabajados que aparecen sobre los asientos en las representaciones de mosaicos y miniaturas; 4 scamna, 28 scamnalia y 8 scamna eburnea, posiblemente pequeños taburetes de marfil sin respaldo que aparecen también en las miniaturas. La presencia o no de respaldo es lo que diferencia a estos objetos de las 14 cathedrae eburneae, mencionadas también, cátedras de marfil o recubiertas de marfil que nos traen a la mente la famosa cátedra de marfil ricamente trabajado del obispo Maximiano de Rávena, del siglo IV. Aparecen también 30 in cathedris, expresión que debe significar velos para recubrir los asientos, así como los 12 in osteis, seguramente velos para recubrir las puertas; 22 mensalia, que deben ser manteles o juegos de mesa, y 6 tabulae maiores, mesas grandes. Finalmente, hay que mencionar otros dos tipos de objetos de difícil identificación: 16 struthiones, literalmente avestruces, que pueden ser huevos decorados de avestruz o productos elaborados con piel o plumas de avestruz, y 10 persoina, palabra que parece aludir a productos persas.

Los personajes de la corte que fueron sobornados son los siguientes:

- Paulus = Paulus 10: Praepositus Sacri Cubiculi.

- Marcela = Marcela 3. Cubicularia de la Augusta.

- Droseria = Droseria. Igual que la anterior.

- Chryseros = Chryseros 1: Praepositus Sacri Cubiculi.

- Aristolaus = Aristolaus: vir spect. Tribunus et Notarius.

- Claudianus = Claudianus 2. Domesticus.

- Solomon = Solomon. Domesticus del praepositus Chryseros.

- Heleniana = Heleniana, esposa de un Praefectus Praetorio Orientis.

- Florentius = Florentius 4: Assesor del PPO.

- Romanus = Romanus 3: Cubicularius.

- Domninus = Domninus 2: Cubicularius.

- Scholasticus = Scholasticus 1: Vir spec. Comes et Castrensis sacri pal, 422.

- Theodorus = Theodorus 16: domesticus de Scholasticus 1.

- Artabas = Artabas: ¿Cubicularius?

- Rufinus = Rufinus 9: ¿Domesticus mag. Officiorum?

- Ablabius = Ablabius 3: Domesticus de un Quaestor Sacri Palatii.

El soborno estaba muy extendido en la Iglesia primitiva36 y en la Administración37. Fue uno de los grandes cánceres de la Antigüedad Tardía, con grandes repercusiones sociales y políticas.

Juan Crisóstomo denunció seis casos de soborno episcopal en el sínodo de Éfeso, del 401. Los acusados se defendieron aduciendo que reconocían que habían pagado sobornos para ser consagrados obispos y verse libres de los gravámenes civiles. "Algunos hemos entregado muebles de nuestras esposas". Se les devolvió el dinero de los sobornos y los obispados después de la caída en desgracia de Juan Crisóstomo.

La situación bajo Joviano, Valentiniano y Valente

La violencia religiosa cristiana estaba condicionada por la postura religiosa de los emperadores. Con la subida al trono imperial de Joviano, la situación cambió totalmente, al ser el emperador ortodoxo (Theodoret. HE.IV.3). Muerto Graciano a la edad de 33 años en Dadastana, aldea situada entre Bitinia y Galacia, le sucedió Valentiniano, que asoció al Imperio a su hermano Valente, no tocado aún de la herejía (Theodoret. HE.IV.6).

Muerto Aussencio, arriano, en 373 o 374, que obtuvo la sede episcopal de Milán, Valentiniano convocó a los obispos para que eligieran sucesor. Los seguidores de la doctrina de Aussencio querían imponer a uno de los suyos, y los ortodoxos a otro de su doctrina, lo que motivó un tumulto. Ambrosio, que era el gobernador, se marchó a la iglesia para impedir que la lucha degenerara, y fue proclamado obispo en 373 o 374. Tuvo que ser bautizado. Valentiniano aprobó la elección (Theodoret. HE.IV.7).

Este nombramiento sacerdotal o episcopal era muy frecuente en la Iglesia de la Tarda Antigüedad. En el año 236, siendo laico Fabián, fue consagrado obispo de Roma. Orígenes, Agustín, Jerónimo y Paulino de Nola, fueron ordenados directamente presbíteros siendo laicos. Eusebio de Cesarea fue ordenado obispo de la ciudad siendo aún catecúmeno, en 314. Siendo laicos fueron consagrados obispos, Filogonio de Antioquía, en 319, Nectario en Constantinopla, en 381 y Sinecio de Cirene, en 410.

Valentiniano, conociendo que algunos de Asia discutían sobre los dogmas, ordenó reunir un sínodo en el Illirico, en 365. El emperador participó directamente en las disputas eclesiásticas, mandó reunir un concilio y envió las decisiones y los decretos a los litigantes. Los obispos aceptaron la fe de Nicea. Valentiniano y Valente exhortaron a atenerse a los decretos. Teodoreto (HE.III.8) intercala en su Historia Eclesiástica la carta dirigida a las Iglesias de Asia sobre la fórmula homoousios. Valente, en este tiempo, era aún ortodoxo. Esta carta indica claramente la manera de proceder de los emperadores en los dogmas discutidos. En este caso, los obispos eran partidarios de la fórmula homoousios, y anatematizaban a los que no la aceptaran. Para reforzar su postura añadieron la carta sinodal del concilio de Illirico, dirigido a obispos de Asia, Frigia, Carofrigia y Pacaziana, que aceptaba la fórmula de homoousios propuesta en Nicea. Condenaban a los locos arrianos por no admitir la fórmula ousia (Theodoret. HE.IV.9).

Herejías andiana y messaliana

Por este tiempo aparecieron dos herejías: las de Andeo y la messaliana. La primera (Theodoret. HE.IV.10) se debió a Andeo, diácono de la Iglesia de Emessa, fundador de una secta monástica de origen sirio. Predicaba que la divinidad tenía forma humana y, siguiendo a Mani, sostenía que el Dios del Universo no es el creador ni del fuego ni de las tinieblas. Los seguidores se alejaban de las asambleas eclesiásticas porque algunos cristianos eran usureros, y otros habitaban impíamente con mujeres fuera de un legítimo matrimonio. La acusación era una impostura farisaica, según Teodoreto.

La herejía messaliana (Theodoret. HE.IV.11) era un movimiento ascético. A los seguidores les llamaban en lengua griega eucliti. Se llamaban también entusiasti, por aceptar la actividad de un demonio que interpretaban como una presencia del Espíritu Santo. No hacían trabajos manuales, y llamaban profecías a las fantasías de sus sueños. Los jefes de esta herejía eran Dadae, Saba, Adelfio, Erma, Simeón, y otros, que no se apartaron de la comunión de la Iglesia, Letoio, obispo de Metilene, pretendió alejar los lobos del pueblo, habiendo visto que muchos monasterios, o mejor dicho, cuevas de ladrones, como los califica Teodoreto, tenían esta enfermedad.

Anfiloquio, obispo de Licaonia, conociendo que esta peste había llegado a su ciudad, liberó de ella a su grey. Flaviano, obispo de Antioquía, conoció que estos herejes se encontraban en Edessa, y entre los vecinos propagaban su veneno; envió un grupo de monjes, condujo a los herejes a Antioquía y les incitó a renegar de la enfermedad del siguiente modo: Calificó a los acusadores de calumniadores y de mentirosos. Llamó a Adelfio, que era muy viejo, que vomitó todo el veneno que tenía oculto. Afirmó que del bautismo no se obtenía ninguna utilidad para el que lo recibía, y que sólo la continua plegaria alejaba al demonio que habitaba en él. Sostenía que cada uno de los engendrados traían del primer padre, no sólo la naturaleza, sino, igualmente, el servir a los demonios. Cuando los demonios son alejados por la continua plegaria, viene el Espíritu Santo liberando el cuerpo de las pasiones, alejando completamente el alma de la inclinación a lo peor. El cuerpo no tiene necesidad de ayunos, ni de la doctrina que ponga un freno. Los seguidores de esta herejía fueron arrojados de Siria. Se retiraron a Panfilia, que se llenó de su peste.

Apostasía de Valente

Con ocasión de la invasión goda en Tracia, año 376-377, Valente, por indicación de su esposa, a la que estaba sometido, se pasó al arrianismo. El líder fue Eudossio, que a la sazón era el obispo de Constantinopla (Theodoret. HE.IV.12). En la lucha de arrianos y ortodoxos, las emperatrices y los consejeros de palacio desempeñaron un papel, a veces, importante.

Destierro de los obispos ortodoxos

La primera medida que tomó Valente después de pasarse al arrianismo, fue desterrar a los obispos ortodoxos de sus sedes episcopales (Theodoret. HE.IV.13), que era un género de violencia religiosa utilizado con frecuencia. Melecio fue expulsado de Antioquía a Armenia; Eusebio a Tracia, y a Pelagio de Laodicea, a Arabia.

Comportamiento de los habitantes de Samosata

Los arrianos participaron en el destierro del obispo ortodoxo, e impusieron uno arriano en su lugar, que era un caso frecuente de violencia religiosa. El resultado fue que ningún habitante de Samosata participó en la asamblea eclesiástica. Nadie quería ver ni hablar con el obispo arriano (Theodoret. HE.IV.15). Eumonio, obispo arriano, dejó su sede episcopal a Lucio, al que Teodoreto califica de lobo, pero la grey continuó siguiendo la doctrina de Nicea. Eumonio era un moderado. Lucio no. Convenció a los magistrados para desterrar a muchos otros consagrados, y a los confines del Imperio a los defensores de la doctrina de Nicea: al destierro de Oasi al diácono Evolquio; a los confines de Armenia a Antioco, sacerdote.

Eusebio, después de muchas luchas y victorias, consiguió el fin de los mártires. Según costumbre, se celebró un encuentro, al que vino Jovino, obispo de Perre, en Siria.

Destierro de Barse de Edessa y de sus clérigos

Valente desterró a la isla de Arados a Barse, famoso no sólo en Edessa, sino en Fenicia, Egipto y Tebaida, regiones todas que recorrió iluminando con su virtud.

Conocedor el emperador de que una multitud acudía a él desde todas partes, y de que alejaba con sus palabras la herejía, le obligó a marchar a Ossirinco. Porque era muy famoso allí, fue conducido al puesto de guardia llamado Feno, próximo a los bárbaros de aquella región (Theodoret. HE.IV.16). El destierro era la violencia religiosa ejercida más frecuentemente por el emperador, y la más funesta, al privar a los ortodoxos de excelentes guías.

Persecuciones en Edessa

Valente impuso en su puesto a un lobo, como lo califica Teodoreto (HE.IV.17). Mandó al Comes Orientis Flavio Domicio Modesto38, que los soldados, que según costumbre recaudaban los tributos, y a algunos hoplitas, dispersar a la multitud con vergas y con bastones, y si fuera necesario, con armas de guerra. Se dispersaba a la multitud violentamente, incluso utilizando bastones y armas. La multitud se reunió delante de la ciudad. Modesto hizo lo que se le ordenó.

Teodoreto cuenta un caso bien significativo de la situación espiritual de los ortodoxos. Una mujer atravesaba la plaza con su bebé. Modesto la vio y le preguntó a dónde iba; respondió que iba a sus compañeros de fe, deseando recibir los golpes que les iban a dar, y que llevaba al bebé para que participara en la deseada muerte. El prefecto contó lo sucedido al emperador, y le dijo que la muerte era inútil para los cristianos. El pueblo no sufrió los tormentos esperados. Ordenó a los jefes, presbíteros y diáconos, escoger entre estas dos opciones: estar en comunión con el obispo arriano o ser desterrados a los confines del Imperio. Modesto intentó convencer a la multitud con hábiles discursos que siguieran las disposiciones imperiales. Decía que era locura que unos pocos se opusieran al emperador.

Eulogio y Protógenes de Edessa

El prefecto preguntó al guía, que era Eulogio, diácono de Barse, ordenado obispo de Samosata, sucesor de la cátedra de Edessa (Theodoret. HE.IV.18), por qué no respondía a lo preguntado. Contestó que no era necesario responder cuando no era interrogado. El prefecto le dijo que había pronunciado muchos discursos para aconsejarle lo que sería inútil. Eulogio le replicó que aquellas cosas estaban dichas a todos, y que era raro responder separadamente de los otros. "Si me interrogas a solas, te revelaré mi pensamiento". Irónicamente le dijo: "¿El emperador no ha obtenido junto con el Imperio el sacerdocio?". Esta respuesta indignó al prefecto, que insultó al viejo; es otro género de violencia religiosa. Le exhortó a estar en comunión con los que estaban en comunión con el emperador. Para Modesto, el dogma lo marcaba el emperador.

Modesto desterró a ochenta a Tracia. En el viaje, las poblaciones por donde pasaban los desterrados, los honraban. Por envidia, los adversarios arrianos dijeron al emperador que la ignominia procuraba grandes honores. Valente, conociendo esta situación, los dividió en dos grupos. Dispersó a algunos a Tracia; a otros, a los confines de Arabia, y a los demás a las aldeas de la Tebaida. Separó cruelmente a los hermanos. Relegó a Eulogio y a Protógenes, que tenía a su cuidado a la Iglesia de Edessa, y a Antioco a la Tebaida.

Protógenes, que conocía la taquigrafía, buscó un lugar para escuela, y un gimnasio, y se convirtió en maestro de los jóvenes. Enseñaba a escribir y predicaba la doctrina divina.

Pasada la tempestad, Eulogio, muerto Barse, gobernó Edessa, y Protógenes, Carre, donde vivían muchos paganos.

Basilio de Cesarea

Valente envió delante de él al prefecto Flavio Domicio Modesto, con la orden de convencer a Basilio, obispo de Cesarea desde el 370, para que acogiera la comunión de Eudossio, y si no lo convencía, desterrarlo (Theodoret. HE.IV.19). el prefecto, llegado a Cesarea, honró a Basilio, exhortándole a ceder en el momento oportuno y no arrojar al peligro tantas Iglesias por una exactitud doctrinal. Le prometió la amistad del emperador, y los beneficios que de ella se derivarían. Fue hábil el proceder del prefecto. Basilio respondió que no se podía cambiar una sola sílaba de los dogmas, y que si era necesario, habría que estar preparado para morir. Basilio estimaba mucho la amistad del emperador, si iba unida a la ortodoxia; si no, era ruinosa. Modesto se indignó y le dijo que era una locura su actitud, a lo que respondió que pedía tener siempre esta locura. El prefecto profirió amenazas. Modesto informó al emperador de lo sucedido. El emperador entró en Cesarea y llamó a Basilio. El hijo del emperador se encontraba moribundo. Basilio prometió que lo devolvería a la vida si se bautizaba, pero fue bautizado por los arrianos presentes. El muchacho murió en el acto.

Los dos bandos estaban aferrados a sus creencias y no cedían ni un ápice lo que aumentaba la violencia religiosa. Después de un encuentro entre Valente y Basilio, el emperador donó las mejores tierras a los pobres que cuidaba Basilio.

Después, Valente se olvidó de todo. Llamó a Basilio y le mandó pasar al partido de los adversarios, y si no obedecía, sería exiliado. Le falló tres veces la pluma para cumplir la amenaza.

Lucio arriano

Muerto Atanasio, los obispos pidieron a Pedro que heredara la sede episcopal (Theodoret. HE.IV.21). El prefecto de Alejandría, Elio Palladio39, reunió una multitud de paganos y de judíos que rodearon la iglesia, y mandó a Pedro salir, amenazando con arrojarlo si no salía. En este caso, único, participaron en la violencia religiosa del prefecto de Alejandría, judíos y paganos. Tomó esta decisión para agradar al emperador. Ellio Palladio era pagano, y consideraba una espléndida fiesta la tempestad de la Iglesia. Pedro se marchó a Roma.

Pocos días después, llega huyendo de Antioquía, Euzoio a Lucio, al que confió la Iglesia de Alejandría. El pueblo partidario de la doctrina de Atanasio, se mantuvo alejado de las asambleas eclesiásticas.

Lucio, sirviéndose de la guardia pagana, atormentaba a unos, encarcelaba a otros, desterraba a algunos y destruía las casas de otros. Ejercía pues la violencia religiosa más variada contra los ortodoxos, todo lo cual Pedro contó en una larga carta que Teodoreto inserta en su Historia Eclesiástica.

Algunos hombres huyeron al desierto. Persiguió a los discípulos de Antonio. Sacó de las grutas a otros, y los envió a una isla que no había recibido a ningún maestro de la verdadera religión. Eran paganos que, resucitada la hija del sacerdote por los ortodoxos, destruyeron el templo de los ídolos y se bautizaron.

Conocidos estos hechos en Alejandría, todos blasfemaban de Lucio, que por temor de los tumultos ciudadanos, permitió a los monjes volver a sus grutas.

Narración de Pedro de Alejandría

Estos sucesos los contó detalladamente Pedro de Alejandría (Theodoret. HE.IV.22), narración que, aunque larga, es convenientemente extractada. Palladio hacía la guerra a los ortodoxos. Asaltó las iglesias.

En la iglesia llamada Teona, construida por el obispo Teona en honor de la Virgen, una gran multitud alababa a los ídolos. En vez de la lectura de las Sagradas Escrituras, aplaudían, voceaban obscenidades que la lengua no se atreve a referir. Los paganos profanaron la iglesia cristiana ortodoxa. Desnudaron a las vírgenes y las pasearon por toda la ciudad. Si alguno se oponía, lo herían. Muchas vírgenes sufrieron violencia en el cuerpo; otras muchas fueron golpeadas con bastones. Murieron, y no se permitía celebrar los honores fúnebres. Muchos cadáveres no se encontraron. Riéndose y gritando sobre el altar, hicieron danzar, dando vueltas y agitando las manos por aquí y por allá, a un joven que había renunciado a su sexo masculino y se convirtió en mujer. Colocaron sobre el trono de la iglesia a un degenerado, desnudo sin pudor, y pronunciaron torpes discursos contra Cristo. El joven predicaba, en vez de divinas palabras, imprudencias; en vez de venerandos discursos, impiedades; en vez de fe recta, afirmando que en la vida, eran cosas útiles, en vez de la incontinencia, la prostitución, el adulterio, la homosexualidad masculina, el robo, el comer y el beber.

Pedro se alejo de la iglesia, lo que prueba que fue testigo de lo sucedido. El sucesor había comprado con dinero la dignidad episcopal. Lucio no fue enviado por un sínodo de obispos ortodoxos, ni por el voto de los verdaderos eclesiásticos, ni a petición del pueblo, como establecían los cánones de la Iglesia. El nombramiento del obispo era totalmente ilegal y comprado, lo que era un caso descarado de violencia religiosa, que debía ser frecuente. No le acompañaban en la entrada en la ciudad, ni algunos obispos ni multitud de sacerdotes, diáconos y pueblo. No le precedían los monjes cantando himnos sacados de las Escrituras. Estaba presente Euzoio, que, cuando era diácono de la Iglesia de Alejandría, se hizo arriano en el concilio de Nicea, y ahora, de obispo, afligía la Iglesia de Antioquía. Estaba presente con un destacamento de soldados el comes largitionum comitensium Magnio, conocido por su impiedad, que en tiempos de Juliano, había quemado la iglesia de Berito, y en tiempos de Joviano fue obligado a reconstruirla a su costa, y hubiera sido decapitado si no hubiera obtenido el perdón del emperador, a petición de muchos.

Lucio pensaba como los paganos. Delante de él se cantaban himnos en los que se decía que era amado de Serapis, el dios introducido en Alejandría, quizás por Ptolomeo Soter Magno, al que Teodoreto califica de inseparable compañero de impiedad, de cruel aliado, de ferocísimo sátrapa, reunió una multitud, arrestó diecinueve entre presbíteros y diáconos, de los que algunos habían superado los 80 años. Estableció un proceso público; buscaba obligar a traicionar la fe de los apóstoles. Valente se alegraría de ello. Gritaba que había que obedecer la doctrina de Arrio. Prometía, si se obedecía, riquezas, dones del emperador, y a los que la rechazaran, cadenas, tormentos, suplicios, flagelaciones, humillaciones, privación de las riquezas y de las posesiones, arrojados de la patria y condenados a vivir en lugares penosos.

En estas líneas, Pedro enumera, puestas en la boca del prefecto, todo tipo de violencias que sufrieron los que no siguieron la doctrina de Arrio, que era la del emperador, y las ventajas que obtendrían si la hubieran seguido. El comes largitionum comitensium no consiguió nada, y le hicieron la profesión de fe ortodoxa. Confesaban la fe de Nicea y aceptaban los términos ousia y homoousios. Pensaban que los tormentos eran un ejercicio de virtud.

Cansado de los tormentos, el pueblo lloraba, lamentándose, de que el cruel y privado de toda humanidad, reunió a la multitud acostumbrada para crear desorden. Los hizo venir al puerto para ser juzgados, o mejor condenados a una pena ineficaz, mientras se levantaban voces contra ellos de paganos y de judíos, que participaban en la violencia religiosa contra los ortodoxos. Anunció el comes, al no ceder a la impiedad manifiesta de los arrianos, que serían exiliados de Alejandría a Eliópolis de Fenicia, donde todos eran paganos. Los hizo embarcar y partir en una nave que carecía de los necesario o de algún confort para el destierro. Toda la ciudad gemía y se despedía con lágrimas amargas de los que tenían que partir. Palladio, prefecto de la ciudad, varón muy supersticioso, no permitía llorar.

Muchos que lloraban, hombres de iglesia, fueron detenidos, encarcelados, atormentados, flagelados, mandados a las minas de Fenicia y del Proconesso. La mayoría eran monjes que habitaban el desierto. Sumaban veintitrés. Poco después fue conducido por los carceleros, en público, con las manos atadas, como si se tratase de un famoso malhechor, el diácono que había traído una carta de consolación y de comunión del obispo de Roma, Dámaso. Participó en la tortura que se da a los asesinos. Fue golpeado con piedras y con mazas de plomo en el cuello. Fue embarcado con los demás, habiéndole impreso en la frente la señal de la cruz, para ser enviado a las minas de bronce de Fenicia.

Se atormentó por orden del juez a débiles cuerpos de jóvenes. Algunos resistieron y ni siquiera tuvieron sepultura, aunque toda la ciudad pidió que se les concediera. El carecer de sepultura era muy grave. Los seguidores de Arrio estaban contentísimos, mientras los ortodoxos, y la ciudad, gemía. Los arrianos difundían el veneno de la herejía hasta entre los obispos de la provincia. Los apoyaba Magno. Llevaron a algunos al tribunal. Trataron a otros como querían, sin dejar de intentar nada. Desterraron a una ciudad de judíos llamada Dioscesarea, en Palestina, a once obispos de Egipto que habían habitado en el desierto, que predicaban la fe ortodoxa, que condenaban la herejía arriana y que calificaban a Magno de instrumento de crueldad. Acusaron al emperador, a algunos ministros de la Iglesia ortodoxa que vivían en Alejandría y a algunos monjes. Se les desterró a Neocesarea del Ponto, privándoles de la vida debido a las asperezas del lugar.

Ordenación de Moisés

El jefe de las tribus ismaelitas, Maviá, convertido a la fe ortodoxa, pidió que se nombrara un obispo a su gente. Se nombró a Moisés, que vivía en los confines de Egipto y de Palestina (Theodoret. HE.IV.23). Valente aceptó la propuesta y mandó que fuera ordenado en Alejandría. Moisés se negó a recibir la ordenación de Lucio, por ser arriano. Le ordenaron los obispos ortodoxos.

Salvajadas cometidas en Constantinopla

En Constantinopla, los arrianos fletaron una nave llena de sacerdotes ortodoxos y la echaron al mar. Se embarcaron en otra nave algunos de los suyos, que incendiaron la nave de los sacerdotes, que alcanzaron la corona del martirio (Theodoret. HE.IV.24). Valente se demoró mucho en Antioquía, en 370, y concedió la inmunidad a los paganos, a los judíos y a los arrianos (Theodoret. HE.IV.24). Permitió que se celebraran los rituales paganos en honor de Zeus, de Dionisos y de Deméter.

Flaviano, Diodoro y los ortodoxos de Antioquía

Exiliado Melecio, Flaviano y Diodoro (Theodoret. HE.IV.25) se ocupaban de los ortodoxos de Antioquía, en la ribera del monte, difundiendo la fe ortodoxa. Encontraron apoyo en el asceta Afrates, que dejó su cabaña monástica para defender la fe ortodoxa, y marchó a Antioquía (Theodoret. HE.IV.26). El emperador lo vio desde el pórtico del palacio y le preguntó a dónde iba. Le respondió que, puesto que el rebaño del Señor, que había afrontado un gran tumulto y tenía un gran peligro de ser sorprendido por las fieras, era necesario salvar la grey. Acusó al emperador de incendiar la casa paterna. El emperador, según el asceta, era el causante de la violencia religiosa.

Uno de los acompañantes de Valente, que preparaba el baño al emperador, le amenazó. Cayó en el agua hirviendo y murió. Al conocer la noticia Valente, reconoció el poder de la iglesia de Afraate, pero no abandonó la impía doctrina arriana.

El monje Juliano

Teodoreto (HE.IV.27) cuenta algunos aspectos interesantes de la violencia religiosa entre arrianos y ortodoxos. El monje Juliano fue obligado a dejar el desierto y a ir a Antioquía. Los seguidores de Arrio fabricaban acusaciones fácilmente. Afirmaban que participaba de su doctrina. Diodoro, Flaviano y Afraate enviaron a Acacio y le rogaron que tuviera compasión de una tal multitud de hombres, confirmara la verdad y refutara la vergüenza de los adversarios.

Carta de Valente a Valentiniano

Para combatir a los godos, Valente pidió un ejército a Valentiniano, que se lo negó, pero no cesó de combatir la fe ortodoxa (Theodoret. HE.IV.31). Los problemas de fe dividían a los emperadores hermanos y repercutían hasta en problemas militares.

La petición del conde Terencio

El conde Terencio40, excelente capitán, pidió a Valente un regalo. Solo pidió que fuera permitida una iglesia a los seguidores de la fe ortodoxa. Valente se indignó con la petición y se negó a que pidiera otro regalo (Theodoret. HE.IV.32). Este caso señala bien la terquedad de Valente en no favorecer en nada a los ortodoxos.

Valente amenazó de muerte al monje Isaac de Constantinopla, caso de violencia religiosa, que le predijo la derrota contra los godos, por haber perseguido a los ortodoxos y por no tener a Dios de su parte. Tenía que restituir a la grey a los obispos y obtendría la victoria; si no lo hacía, perdería el ejército (Theodoret. HE.IV.34).

Los emperadores Graciano y Teodosio I

Muerto Valente en 378, le sucedió en el Imperio Graciano hijo de Valentiniano, muerto en 375. Fue el emperador de todo el Imperio. Era seguidor del credo de Nicea.

Medidas de Graciano

La violencia religiosa ejercida por los emperadores estaba en función de la doctrina que profesasen. Los emperadores seguidores de la doctrina arriana perseguían a los ortodoxos, y los seguidores del credo de Nicea, a los arrianos.

La primera medida tomada por Graciano fue devolver a sus sedes episcopales a los obispos desterrados por Valente, y que las sedes fueran entregadas a los que habían elegido la comunión con Dámaso (Theodoret. HE.V.2). Teodoreto alaba mucho a Dámaso por su doctrina apostólica, pero era un asesino, un chulo de señoras y fue denunciado por asesino al emperador41. Envió junto con el decreto al magíster militum, Sapone, con la orden de arrojar de los recintos sagrados, como si fueran bestias, a los arrianos, y restituir sus iglesias a los buenos pastores y a su grey. Este decreto se aplicó a todo el Imperio, pero en Antioquía estalló una contienda con motivo del decreto.

Paulino, Apolinar de Laodicea y Melecio

Los arrianos estaban divididos en dos partidos (Theodoret. HE.V.3). Tampoco eran, pues, un grupo compacto. Algunos, después de la insidia tramada contra Eustacio, teniendo repugnancia por la herejía arriana, se reunieron y eligieron como jefe a Paulino. Otros, que después de la ordenación de Euzoio, habían estado segregadas junto con Melecio, de los impíos, se pusieron bajo la guía sapientísima de Melecio.

Apolinar de Laodicea, obispo de su ciudad del 362 al 390, se convirtió en el jefe del otro grupo. Sembraba la doctrina apostólica, pero poco después se presentó como declarado enemigo. Es un caso entre muchos, de los bandazos que se daban en la doctrina. Pronunció discursos odiosos sobre la divinidad, estableciendo algunos grados de dignidad en ella42. Predicó novedades; unas veces confesaba que la carne era de la Virgen, otras sostenía que bajó del cielo con el Verbo de Dios, y otras veces, que el Verbo de Dios se hizo carne sin tomar nada de nosotros y otras fábulas que Teodoreto omite.

Afirmando tales cosas dañó a los suyos e hizo partícipes de su ruina a algunos de los ortodoxos. Con el tiempo, viendo su poca importancia y considerando el esplendor de la Iglesia, se reunieron unos pocos y entraron en la comunión de la Iglesia, llenándola con muchos que un tiempo estaban sanos. De esta raíz salieron el monofisismo -una sola naturaleza de la carne de Cristo-, el teopaquismo -adaptación de la pasión del Unigénito a la divinidad-, y todas las restantes herejías entre laicos y sacerdotes. Cuando llegó el comandante, Sapone, y mostró el edicto imperial, Paulino confesó ser del partido de Dámaso; Apolinar afirmó lo mismo, ocultando su enfermedad. Mintió para no crearse problemas con el emperador. Flaviano, que era aún presbíetero, dijo a Paulino, oyéndolo el comandante: "Si acoges la comunión con Dámaso, demuestras claramente la afinidad de la doctrina. Confiesa que hay una sola ousia en la Trinidad, y predica claramente las tres ipostasis. Tú eliminas la Trinidad de las ipostasis. Acepta la concordia de las dos doctrinas y ocupa la iglesia según el decreto". Habiéndole tapado la boca con esta refutación, dijo a Apolinar: "Me maravilla que tú combates contra la verdad imprudentemente, siendo conocedor de ello, porque Dámaso afirma que nuestra naturaleza ha sido tomada por el Verbo de Dios; tú continúas sosteniendo lo contrario. Tú privas de la salvación a nuestra alma. Reniega de tus novedades, abraza la doctrina de Dámaso y ocupa los sagrados templos".

Melecio dijo a Paulino: "Como nuestras respectivas grey están en comunión, unamos nuestros rebaños de fieles y arreglemos nuestra disputa por el primado. Partiremos junto a los rebaños".

Paulino no aceptó la propuesta. El comandante, como juez de este asunto, entregó la iglesia a Melecio, mientras Paulino permaneció siendo jefe de aquellos que desde el principio se habían separado. Este párrafo de Teodoreto es muy interesante para conocer la aplicación de los decretos imperiales y las disputas en los diferentes grupos cristianos. Un dato importante es que Flaviano menciona la lucha por el primado, lo que indica que el poder estaba también en la base de las disputas.

Eusebio de Samosata

La situación continuó siendo muy movida (Theodoret. HE.V.4). Apolinar, no habiendo obtenido el episcopado, se quitó la máscara, predicó abiertamente su nueva doctrina y se mostró jefe de la herejía. Durante mucho tiempo habitó en Laodicea. Antes, en Antioquía, ordenó a Vitale, educado en la doctrina apostólica. Después se había hecho hereje. Es uno de los muchos casos de pasar de una doctrina a la contraria.

Melecio designó obispo de Tarso a Diodoro, que, sin estar bautizado, salvó la nave de la Iglesia durante la gravísima tempestad, y le encomendó la gente de Cilicia. Encargó la sede episcopal de Apamea a Juan. Habiendo sabido que Gemanicia estaba tocada de la peste de Eudossio, le envió como médico para curar la enfermedad. Con sus enseñanzas espirituales cambió los lobos en ovejas; es decir, se logró hacer cambiar de doctrina a los herejes. Eusebio, vuelto del destierro, ordenó obispo de Berea a Acacio; de Gerápolis, a Teodoto; de Calcide, a Eusebio; de Cirro, a Isidoro. Aprovechó la fe del emperador para colocar obispos de reconocida ortodoxia en muchas sedes episcopales. Eulogio, después de luchar en defensa de la doctrina apostólica y ser enviado a Antinópolis con Protógenes, fue ordenado obispo de Edessa, pues había muerto Barse. Eulogio colocó a Protógenes, compañero de lucha, como obispo de Carras, en su ciudad no bien dispuesta a recibir un médico capaz de alejar la enfermedad. Es decir, Carras no se inclinaba por la ortodoxia. Eusebio ordenó a Maris obispo de Dolica, que en aquel tiempo estaba tocada de la herejía arriana. Mientras entraba en la ciudad arriana, una mujer tiró de lo alto del techo una teja que le hirió gravemente en la cabeza, al pasar, y poco después murió. Al morir, hizo prometer a los presentes, bajo juramento, que no se castigaría a la que le había ocasionado la muerte.

Política religiosa de Teodosio I: Primeras disposiciones

Ante la victoria de los godos y el peligro que ella significaba, Graciano llamó a Teodosio, que vivía retirado en Hispania43, y le nombró comandante del ejército que había alistado. Venció a los godos en Tracia. A Teodosio muchos le envidiaban y calumniaban, por haber huido y por perder el ejército. Esta envidia indica claramente el clima que reinaba en la corte imperial de envidias, de mentiras y de zancadillas (Theodoret. HE.V.5), que era el mismo que reinaba en la Iglesia.

Graciano, conocida la victoria sobre los godos, le nombró augusto y le asignó la parte que gobernó Valente. Tomada posesión del Imperio, ante todo se preocupó de la concordia de las Iglesias, y ordenó a los obispos de su Imperio acudir a Constantinopla. Esta frase indica que Teodosio tenía como problema principal, lograr la concordia de las Iglesias, es decir, solucionar el problema arriano. El Oriente era arriano en gran parte, pero no el Occidente.

Los obispos arrianos más famosos

Teodoreto (HE.V.7) conserva la lista de los obispos arrianos más famosos. Arrio, que fue el fundador de esta blasfemia; Eusebio, Patrófilo y Aecio, palestinos; Paulino y Gregorio, fenicios; Teodoro de Laodicea; Jorge, Atanasio y Narciso, de Cilicia, que alimentaron la semilla arriana con malicia; Eusebio y Teogonio de Bitinia; Menofanto de Éfeso; Teodoro de Perinto; Maris de Calcedonia, y otros de Tracia, famosos por su maldad, que regaron y cuidaron continuamente, por mucho tiempo, la simiente de la cizaña.

Con los malvados seguidores de Arrio, colaboraron la simplicidad de Constancio y la malicia de Valente. Teodosio ordenó que se reunieran en Constantinopla sólo los obispos de su parte, que fueron 150 en número.

Concilio de Constantinopla

En aquel tiempo vivía en Constantinopla Gregorio de Nazianzo, opositor de los arrianos, que hizo crecer la grey ortodoxa, de lo pequeña que era (Theodoret. HE.V.8). Melecio intervino en la elección. Teodoreto da una lista de los obispos asistentes. Todos se separaron de los obispos egipcios y celebraron la liturgia con Gregorio, que exhortaba a los reunidos a encontrar un acuerdo. Los obispos se dejaron convencer y ordenaron obispo a Nectario, que era aún catecúmeno. Depusieron a Massimo y lo despojaron de la dignidad episcopal por seguir la doctrina de Apolinar. Suscribieron los cánones sobre la administración de la Iglesia, declararon válido el símbolo de Nicea y volvieron a su sede. En la estación siguiente, la mayor parte de ellos volvieron de nuevo, porque la necesidad de la Iglesia los convocaba de nuevo. Recibieron una carta sinodal de los obispos de Occidente, que los exhortaba a ir a Roma, pues se iba a celebrar un concilio, pero ellos no aceptaron la invitación, ya que el viaje hubiera resultado inútil.

En una circular dirigida a los obispos, fechada en torno al 324, el obispo Alejandro de Alejandría da un juicio demoledor sobre los arrianos: "Impulsados por la avaricia y la ambición, estos canallas están conspirando constantemente para apoderarse de las diócesis más ricas... les enloquece el demonio que actúa en ellos... son hábiles mentirosos... incubaron una conspiración... tienen viles propósitos... son ladrones que habitan lujosas guaridas... organizaron una pandilla para combatir a Cristo... provocan desórdenes contra nosotros... persuaden a la gente que nos persiga... sus mujeres inmorales... las mujeres que los siguen recorren las calles con indecente atuendo y desacreditan al cristianismo...".

Carta sinodal del Concilio de Constantinopla

La carta se dirige a Dámaso, obispo de Roma; a Ambrosio de Milán, a Brittone de Tréveris, a Valeriano, a Acolión, obispo de Tesalónica, a Anemio, obispo de Sirmio y a Basilio.

Menciona la multitud de males ocasionados por los arrianos a la vuelta de los obispos a sus sedes. Algunos al volver se encontraron con la furiosa ira de los herejes. Se enumera la violencia religiosa sufrida por la pérdida de dinero, los castigos soportados, las confiscaciones de bienes de los particulares, las insidias, las violencias, las detenciones y las tribulaciones multiplicadas.

Fue necesario mucho tiempo y mucha fatiga para restaurar las iglesias y curar algo el cuerpo de la Iglesia, como de una gran enfermedad, y reconducirlo a la fe. Parece que estamos liberados del todo de la dureza de la persecución, y que ahora se recuperan las iglesias ocupadas por algún tiempo por los herejes; todavía están contra nosotros lobos rapaces, que después de ser expulsados del rebaño, roban en los bosques de la grey, osan celebrar impías reuniones, agitan tumultos populares y no dudan en perjudicar las iglesias (Theodoret. HE.V.9). Se describe en este párrafo la violencia religiosa sufrida, y que todavía duraba. Se envió a tres obispos, Ciríaco, obispo de Adana, Eusebio y Prisciano, a informar a Roma. Se afirma que han soportado de los herejes, persecuciones, tribulaciones, amenazas imperiales, crueldad de los jueces y todas pruebas en defensa de la fe de Nicea en Bitinia, aprobada por 318 Padres conciliares.

Sigue la doctrina de fe. Se condenan una serie de herejías: los eunomianos, los arrianos, los pneumatomaquios. Se trata el tema de la administración de las iglesias. Se mencionan algunas ordenaciones de obispos. Escriben estas cosas contra la locura de Arrio, de Aecio, de Eunomio, de Sabelio, de Fotino, de Marcelo, de Paolo de Samosata, de Macedonio y de Apolinar. Dámaso condenó a Apolinar y a Timoteo, conocido el origen de la herejía.

Gregorio Nacianceno, en su carta 130, da un juicio totalmente adverso sobre los concilios, al escribir: "No he conocido ningún concilio que tenga un final feliz o que ponga fin a los males, sino que los aumenta. No hay más que choques continuos y luchas por el poder".

Este juicio tan negativo es totalmente verídico. Nicea no solucionó el problema arriano, que se mantuvo hasta final de siglo. El concilio de Calcedonia dividió la Iglesia hasta el s. XXI.

Carta sinodal de Dámaso contra los apollinaristas

El obispo de Roma (Theodoret. HE.V.10) condenó a Timoteo, impuro y viejo discípulo del herético Apollinar. El que está fuera de la Iglesia no cesa de intentar abatir con sus mortales venenos a algunos incrédulos. Recuerda la fe de Nicea. Menciona la disposición de Timoteo.

Los obispos reunidos en Roma escribieron contra las diferentes herejías.

Segunda carta sinodal de Dámaso a Paulino de Macedonia contra diversas herejías

En una segunda carta sinodal (Theodoret. HE.V.11), Dámaso condena las herejías de Sabelio, de Arrio, de Eunomio, de Fotino y otras doctrinas. Estas condenas son una forma de violencia religiosa, distinta a otras que llevaban consigo tormentos, cárceles, destierros, pérdidas de los bienes, e incluso la muerte.

Justina y sus insidias contra Ambrosio

Justina, mujer de Valentiniano I y madre de Valentiniano II, reveló al hijo la simiente de la doctrina arriana, que ocultaba desde hacía tiempo (Theodoret. HE.V.13). Conocida la fe ardiente de su esposo, la tenía oculta y viendo la debilidad de ánimo del hijo, acudió a Ambrosio, que la recordó la ortodoxia del padre y la animó a mantener intacta la heredad que había recibido. El joven, debido a su juventud y por ser incitado por la madre, que estaba a su vez engañada, no sólo no siguió las palabras, sino que se llenó de ira e hizo rodear los muros de la iglesia con un grupo de hoplitas y de peltastas. Vio que Ambrosio no se asustaba por lo que había hecho. Se indignó y ordenó salir de los sagrados vestíbulos.

Respondió que lo hacía por propia voluntad, ni entregaba a los lobos el recinto de la grey, ni daba el templo de Dios a los que blasfemaban. "Si te parece oportuno matarme, acepto".

Massimo contra Valentiniano

Después de mucho tiempo, Massimo escribió a Valentiniano para recomendarle dejar la guerra contra la recta religión. Añadió amenazas de guerra en el caso de no obedecer. A las palabras unió gestos concretos. Reunido el ejército, lo condujo a Milán, donde aquel residía. Enterado de su llegada, huyó y se marchó al Illirico (Theodoret. HE.V.14). Se trata también de un caso de violencia religiosa.

Teodosio, conocida la conducta del emperador y la carta del tirano, escribió al joven fugitivo que no se maravillara si el emperador estaba aterrorizado y el tirano había adquirido poder. El primero había combatido contra la ortodoxia, y el segundo la había sostenido. Conocida su fuga, marchó para ayudarlo, y vio que había abandonado su reino y se había refugiado en el suyo. Lo primero que hizo fue curar el alma, y le recondujo a la ortodoxia; después lo exhortó a tener coraje y a hacer una expedición contra el tirano. Sin derramamiento de sangre, devolvió el Imperio al joven y mató al tirano en 388 en Aquileya (Theodoret. HE.V.15). Después, Teodosio dio una ley prohibiendo las asambleas de los herejes (Theodoret. HE.16.5).

La emperatriz Placilla

Teodosio encontró un gran apoyo en su esposa, Elia Flavia Placilla44, la madre de Arcadio, Honorio y de Pulqueria, famosa por sus obras de caridad, que recordaba continuamente al emperador las leyes divinas en las que antes se había instruido (Theodoret. HE.V.19). Es muy probable que desempeñara un papel fundamental en la supresión del paganismo (CT.XVI.10.12) del 393 y del arrianismo (CT.XVI.1.3; XVI.5.11-13) por su esposo.

Destrucción de templos paganos

Teodosio va unido con la desaparición oficial del paganismo y del arrianismo dentro del Imperio, y con convertir el cristianismo en la religión oficial del Imperio. Son los dos mayores casos de violencia religiosa del Bajo Imperio. Constantino no abatió los templos paganos, sólo legisló que eran inaccesibles. Prohibió algunos sacrificios. Los hijos siguieron las normas del padre. Juliano restauró el paganismo. Joviano prohibió el culto a los ídolos. Valentiniano promulgó las mismas leyes. Valente permitió honrar a la divinidad y celebrar los ritos sagrados que quisieran. Persiguió sólo a los que combatían en la defensa de la doctrina apostólica. Durante su gobierno ardía el fuego en los altares. Se ofrecían libaciones y víctimas a los ídolos. Se celebraban en las plazas públicas banquetes. Los iniciados en las orgías de Dionisos corrían vestidos con pieles de cabras. Locos, banqueteaban. Hacían las cosas que demostraban la locura del maestro. Teodosio se encontró con todo esto, lo extirpó de raíz y lo entregó al olvido.

Marcelo, obispo de Apamea, apoyado en la legislación de Teodosio, abatió los templos de su ciudad. Intentó destruir el templo de Zeus, que era muy grande y estaba adornado con todo tipo de ornamentos. Encontrando la construcción muy impenetrable y resistente, pensó que a los hombres era imposible abatir los bloques de piedra. Eran grandísimos, bien trabados entre ellos y unidos mediante grapas de hierro y de plomo. Marcelo, vista la confianza del prefecto del Oriente, que había llegado con dos tribunos subalternos, los envió a otra ciudad mientras suplicaba a Dios concederle un procedimiento para abatirlo. Por la mañana se le presentó un hombre que era ni constructor, ni cantero, sólo sabía llevar sobre las espaldas piedras y leños. Prometió que muy fácilmente abatiría el templo, pero pedía la colaboración de dos operarios. El obispo se los prometió.

El templo, que se encontraba en lo alto, estaba rodeado por los cuatro lados por un pórtico. Su circunferencia era de 16 cubitos. La naturaleza del mármol era solidísima y no cedía fácilmente a la acción de los canteros. Excavó alrededor e hizo apoyar la parte superior sobre troncos de olivo. Habiendo excavado tres columnas, prendió fuego al tronco. Un demonio no permitió que los troncos fueran consumidos por el fuego, e impidió la acción de las llamas. Los que hacían este trabajo contaron lo sucedido a un pastor, que logró quemar los troncos. Las columnas se desplomaron y arruinaron las otras doce (Theodoret. HE.V.21).

Teófilo de Alejandría y la destrucción de los ídolos

Teófilo no sólo abatió los templos de los ídolos, sino que mostró a los engañados los engaños de los sacerdotes paganos. Éstos fabricaban estatuas de bronce y de madera vacías en el interior y colocadas contra la pared, dejando entre los muros algunos pasillos invisibles. Pasando por el interior del templo y entrando en las estatuas, a través de ellas mandaban lo que querían a los fieles. Los que lo oían, engañados, hacían lo que se les ordenaba. Teófilo reveló estas cosas a los engañados. Destruyó la famosa escultura de Serapis. Le cortó la cabeza. Los topos huyeron del interior45 (Theodoret. HE.V.22).

Destrucción de templos en Fenicia

Juan Crisóstomo, habiendo conocido que en Fenicia se ofrecían sacrificios a los demonios, reunió a algunos ascetas armados de las leyes imperiales, para destruir los templos de los ídolos. No sacó del fisco imperial los denarios debidos para que los expertos y los operarios los abatieran. Convenció a algunas damas ricas para que ofrecieran el dinero. De este modo se abatían los templos paganos que aún estaban en pie (Theodoret. HE.V.29).

Dos grandes figuras de la Iglesia, coetáneas, Teófilo y Juan Crisóstomo, abatieron los templos paganos. Son dos casos de violencia religiosa contra el paganismo.

Los monjes desempeñaron frecuentemente un papel importante en la destrucción de los templos paganos. Libanio, el gran maestro del momento, pagano, en 390 se quejó amargamente al emperador Teodosio del comportamiento de los monjes: "No ordenasteis la clausura de los templos, pero los hombres de negro -comen como elefantes y mantienen atareados a los cristianos que les sirven de beber-, atacan los templos con piedras, varas y barras de hierro, o incluso con las manos y los pies desnudos. Después, derrumban los techos y arrasan hasta el suelo los muros, derriban las estatuas y destruyen los altares. Los sacerdotes de los templos deben soportar esto en silencio o perecer. Estos agravios ocurren en las ciudades; en el campo es peor".

Recuerda que en el campo, la Iglesia se apoderaba de los santuarios paganos, los declaraban lugares sagrados, y los monjes se apoderaban de las tierras anexas, lo que confirma el historiador pagano Zósimo.

Flaviano de Antioquía y la rebelión de los occidentales

Flaviano sucedió en la sede episcopal de Antioquía a Melecio, que con Diodoro había sostenido muchas fatigas por la salvación de su grey. Paulino había querido tener el primado de la Iglesia. Los sacerdotes se opusieron por no seguir los consejos de Melecio. Este asunto suscitó en los romanos y en los egipcios una larguísima controversia con los orientales. No cesó la enemistad ni con la muerte de Paulino. Cuando Evagrio ocupó la sede episcopal se mantuvo la hostilidad con Flaviano, porque había sido ordenado obispo Evagrio contra las leyes eclesiásticas. La violencia religiosa estallaba frecuentemente por la posesión de la sede. Lo ordenó solo Paulino contra los cánones. No queriendo saber nada de esto, abrazaron la comunión con Evagrio, e incitaron contra Flaviano al emperador, que los hizo venir a Constantinopla y los mandó partir para Roma. Flaviano, habiendo alegado que era invierno, y prometido que al principio de la primavera obedecería la orden imperial, se volvió a su patria.

No sólo Dámaso, sino también sus sucesores, Siricio y Anastasio, reprocharon al emperador duramente por abatir los tiranos en su imperio y dejar marchar a los que eran audaces contra las leyes de Cristo. El emperador los llamó de nuevo y los forzó a ir a Roma. Flaviano le comunicó que le eran contrarios, a causa de la sede episcopal y del primado. La violencia religiosa era por la sede episcopal y por el primado, como indica Flaviano, que no quería discutir con ellos, ni se oponía a los que querían obtener la sede episcopal, se retiraría y dejaría el episcopado. El emperador lo mandó retornar a su patria y a la iglesia a él encomendada.

Mucho tiempo después, el emperador volvió a Roma; de nuevo le acusaron los obispos de no abatir la tiranía de Flaviano, que mandó que dijera de qué modo expresaba la tiranía, afirmando ser el mismo Flaviano de siempre. El emperador exhortó a los obispos a pacificar las Iglesias, a cesar las contiendas, a abandonar el inútil amor por la disputa, porque Paulino había muerto, y Evagrio no había sido ordenado según los cánones, mientra las Iglesias orientales sostenían el episcopado de Flaviano, que además de la Iglesia oriental, estaban en comunión y vinculadas con él, todas las Iglesias de Asia, del Ponto y también de Tracia. Todo el Illirico lo reconocía presidente de los obispos orientales. Los obispos occidentales, cediendo a tales exhortaciones, prometieron deponer la enemistad y recibir a los legados enviados. Conocido esto, Flaviano mandó a Roma a algunos obispos, a algunos presbíteros y a algunos diáconos antioquenos, bajo la dirección de Acacio, que había obtenido la sede episcopal de Berea. Cesó la enemistad que había durado diecisiete años. Los obispos egipcios, informados de todo este asunto, cesaron el odio y abrazaron la concordia (Theodoret. HE.V.23).

Estos sucesos son un caso de lucha de unos obispos contra otros, que duró diecisiete años, hasta que llegó la concordia.

Política religiosa del emperador Honorio

Muerto Teodosio en 395, le sucedieron en el Imperio sus hijos, Arcadio, de dieciocho años en Oriente, bajo la tutela del prefecto Rufino, y Honorio en Occidente, de once años, bajo Stilicón. Honorio abolió los espectáculos de gladiadores (Theodoret. HE.V.26) que, como los espectáculos del teatro, anfiteatro y circo, se celebraban en honor de la Triada Capitolina, como indica la ley de fundación de la colonia Urso, del 44 a.C. Por tener este carácter pagano, contra ellos truenan los escritores cristianos. Ya Tertuliano, en el año 197, en su tratado De spectaculis, condena todos los juegos públicos en el circo, en el teatro y en el anfiteatro. Juan Crisóstomo publicó un sermón en 399, contra los juegos circenses y el teatro, y Salviano de Marsella en De gubernatione Dei, escrito a mediados del s. V, todavía tiene conciencia del carácter religioso de estos espectáculos. Las funciones del circo se abrían con una procesión religiosa. La spina del circo estaba adornada con imágenes de dioses, al igual que el teatro, como lo prueban las spinas de los mosaicos hispanos de mediados del s. IV de Bell-Lloch y de Barcelona. El canon LII del concilio de Elvira prohíbe a los cristianos ejercer las profesiones de auriga o de cómico.

Juan Crisóstomo y la conversión de los godos

Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla, procuró apartar de la doctrina arriana a los godos, que habían aceptado esta doctrina por obra del obispo Ulfila en tiempos de Constancio (Theodoret. HE.IV.37). Ordenó a algunos presbíteros, diáconos y lectores que hablaban su lengua, les asignó una iglesia, y por medio de ellos convirtió a muchos que estaban en el error arriano. Él mismo, por medio de un intérprete, hacía los mismo en Constantinopla (Theodoret. HE.V.30).

Gaina y Juan Crisóstomo

Gaina46 era un magíster militum de origen escita, que tenía muchos connacionales a su servicio. Era muy temido hasta del emperador, sospechando que aspiraba a la tiranía. Era arriano y pidió al emperador que le asignara una iglesia, a lo que se opuso Juan Crisóstomo (Theodoret. HE.V.32). Gaina después, con su ejército, devastó Tracia.

Juan Crisóstomo depuesto de su sede

Teodoreto (HE.V.34) cuenta el asunto y las verdaderas causas de uno de los sucesos más trágicos y sucios del siglo: la envidia, las maquinaciones, la enemistad, las calumnias, los miserables acusadores, la reunión fuera de la ciudad, en 403, en Calcedonia, de la deposición de Crisóstomo de la sede de Constantinopla.

Juan Crisóstomo, sin oír las acusaciones y sin tener posibilidad de defenderse, fue condenado y se retiró a Lero, aldea situada a la entrada del Bósforo. El instigador de las acusaciones fue Teófilo de Alejandría, uno de los hombres de iglesia más hambrientos de poder de la Iglesia antigua, que utilizó frecuentemente el soborno, como su sobrino Cirilo, para alcanzar sus fines, que le había ordenado a través de dos expulsados por Crisóstomo, uno por adulterio, otro por homicida. Otros enemigos eran Acacio de Berea, Saveriano de Gabala, Antíoco de Tolemaide, Cilino de Calcedonia, y otros47.

Hubo un grandísimo terremoto que asustó mucho a la emperatriz. Se enviaron varias embajadas a Crisóstomo para que volviera. Conocido del pueblo lo sucedido, el pueblo fiel, partidario del patriarca, cubrió de naves la entrada de la Propentide. Pasados pocos meses, los enemigos volvieron a la carga y se reunieron para exigir el castigo de sus falsas acusaciones y de la liturgia celebrada después de sus deposiciones.

Juan Crisóstomo afirmaba no haber sido juzgado, no haber conocido las acusaciones, no haberse defendido, no haber sido condenado cuando no estaba presente, de haber sido desterrado y llamado al emperador. Todo había sido un pucherazo ilegal. Reunido un segundo sínodo, no pidieron un proceso, sino que persuadieron al emperador de que la sentencia había sido justa y legítima. No sólo lo arrojaron de la cuidad, sino que fue desterrado a una aldea pequeña y abandonada de Armenia, llamada Cuciso. De allí lo desterraron a Pitinunte, en los confines del Ponto y del Imperio Romano, próximo a los bárbaros. Llegados a Comana, ciudad del Ponto gálata, murió. Los obispos de Europa lamentaron esta injusticia y se separaron de los que la habían cometido. De este partido fueron todos los obispos ilíricos. Muchas de las ciudades orientales evitaron la comunión con la injusticia, pero no dividieron el cuerpo de la Iglesia.

Muerto Juan Crisóstomo, los obispos occidentales no entraron en comunión con los obispos de Egipto, del Oriente, del Bósforo y de Tracia, por no haber escrito su nombre entre los nombres de los obispos difuntos. Lo acogieron, después de escribir el nombre de Crisóstomo, Attico, sucesor de Arsacio, que había hecho tractativas para obtener la paz.

Esta narración es un caso desvergonzado de la violencia religiosa de unos obispos contra otros por el poder.

El problema de los judíos

Teodoreto (HE. V.35-5) da un dato importante del clima espiritual de los judíos por aquellos años. Cuando los judíos conocieron la ruina de Arrio y los restos insignificantes que quedaban del paganismo, gemían, se lamentaban y lloraban, sin duda intuyendo la tormenta que se avecinaba.

Crisóstomo había pronunciado, del 386 al 387, ocho homilías contra los judíos, feroces, que son una serie de calumnias que pasaron a la Edad Media: la sinagoga, lugar de transgresión de la ley, mansión de Satanás, morada del mal. Los judíos están sedientos de fiestas, son avaros y ricos, no sirven para trabajar, sólo son aptos para el matadero. Había cristianos que frecuentaban las sinagogas los sábados, y participaban en las ceremonias judías. Las fiestas citadas por Juan Crisóstomo son las del Año Nuevo, la de los Tabernáculos, la de los Ayunos y la Pascua. Los judíos rechazaban al Mesías, y son castigados por el trato que dieron a Cristo. Esta participación cristiana en las fiestas judías prueba que los judíos tenían, en la Tarda Antigüedad, un gran poder de atracción social y religioso. Los oyentes eran judeocristianos.

Esta misma atracción del judaísmo se documenta en Hispania. En el concilio de Elvira se prohíbe que los judíos bendigan los campos de los cristianos (canon XLIX), que los cristianos coman con los judíos (canon L); se prohíbe el adulterio con judía de fieles casados (canon LXXVIII). Esta misma relación entre judíos y cristianos queda manifiesta en las homilías de Gregorio de Iliberris, obispo de su ciudad poco antes del 359. Una de ellas comienza con la frase "siempre estáis discutiendo con los judíos.

Hispania fue la primera nación del Imperio que obligó a los judíos a convertirse48. La corriente antijudía fue fuerte en los siglos IV y V.

Teodoreto escribió un tratado contra los judíos, posiblemente redactado antes del 431. El tratado se ha perdido, pero lo cita en la carta 145. Intenta probar que los profetas han anunciado a Cristo.

Efrén (306-373), sirio, mantuvo una polémica dura contra los judíos. Los escritos cristianos contra los judíos eran viejos. Ya Justino, a mediados del s. II, escribió el Diálogo contra Trifón, que es la más antigua apología cristiana contra los judíos. Tertuliano redactó Contra los judíos. Hipólito es el autor, probablemente, de una Demostración contra los judíos, a los que hace responsables de sus miserias y desgracias. A Novaciano se debe Sobre los alimentos de los judíos. Jerónimo (De vir. Ill. 70) menciona tres obras de Novaciano contra los judíos, que llevan por título: De circuncisione, De sabbato, y de De cibis iudaicis.

A Cipriano, sin fundamentos, se atribuye un sermón de mediados del s. III, titulado Adversus iudaeos, que versa sobre la ingratitud de Israel. A los judíos se les acusaba de rechazar al Señor y matarlo voluntariamente, Melitón de Sardes, s. II. Pero posiblemente es más reciente, en la Homilía sobre la Pasión. El Evangelio según Pedro, de fecha anterior al 190, acusa a los judíos de ser los responsables de la muerte de Cristo, al ser Herodes el que da la orden de ejecución. A Jesús le condenó a muerte el poder romano por un crimen político, es decir, por proclamarse rey de los judíos y usurpar el poder del César49. La acusación de los cristianos de ser un pueblo deicida es totalmente falsa y sin fundamento histórico alguno. Hipólito, en el Comentario de Daniel (1.14-15), obra compuesta hacia el 204, acusa a los judíos que instigados por Satanás, que obra en ellos; no cesan de maquinar persecuciones y tribulaciones contra la Iglesia; buscan la manera de destruirla. Esta acusación es falsa, como también es falso que arrastraran a los cristianos a los tribunales, les acusaran de obrar contra los decretos del César y les obligaran a condenarlos a muerte (I.20) En las Actas de los Mártires no aparecen judíos, salvo en la Carta de Esmirna a la Iglesia de Filomelio, del 156, sobre el martirio de Policarpo de Esmirna.

Es una catástrofe en la Historia del cristianismo que éste no pudiera lograr, a lo largo de los siglos, un modus vivendi con los judíos y musulmanes, las tres religiones monoteístas que adoran al mismo Dios, y que tienen muchos puntos de contacto y libros en común. Jesús era un judío, exacto cumplidor de la religión judía, que no vino a destruirla, sino a cumplirla. La Iglesia de Jerusalén frecuentó (Hech. 31) el templo hasta, por lo menos, el 62, en que fue asesinado Santiago, el hermano de Jesús. La raíz del cristianismo es el Antiguo Testamento. La Iglesia luchó contra gnósticos y Marción por defender esta creencia. Juan Damasceno, el último padre de la Iglesia, que nació probablemente unos veinte años después de la muerte del Profeta, 632, que vivió unos 40 ó 50 años en la corte de los Omeyas desempeñando altísimos cargos, considera a Muhammad un cristiano herético por no admitir la divinidad de Jesús. Los únicos judeo-cristianos que han llegado hasta el s. XXI son los musulmanes y la Iglesia de Abisinia. La concepción de Dios del Profeta es la misma que la del Evangelio de los Samaritanos, según A. Elorza; su cristología es la ebionita, citada por Ireneo en su tratado Adv. Haer. I.26.2; V.1.5, hacia el 180, o mejor los elkasaistas, como propusieron los grandes historiadores del dogma cristiano, Schlatter y Harnack, y en la actualidad, el gran teólogo católico A. Küng50 y D.J. Sahas51. D. Sahas y otros, señalan en el Corán grandes puntos de contacto con el monacato, como la lucha contra el paganismo, la frecuente apelación al Día del Juicio, la regularidad, la puntualidad, la interioridad de la plegaria musulmana de día y de noche, la Angeología y la Demonología y el ritual de la vida del musulmán: lavarse antes de la plegaria, el ayuno, la observancia de los días santos, la circuncisión, la prohibición del vino. La manera de hacer la oración es la misma de los nestorianos, los caldeos y los abisinios. Sin embargo, Juan Damasceno no hace ningún comentario explícito sobre las características monásticas de la vida ritual islámica. Observa un renacimiento del maniqueísmo a propósito del bien y del mal. Este posible influjo no merma en nada la originalidad del Corán.

La crítica histórica ha descubierto afinidades entre el Corán y la creencia sobre Jesús de los judeo-cristianos. Muhammad reconoce que Jesús es un grandísimo profeta, el más grande mensajero de Dios, el Mesías. H.J. Shoeps confirmó la tesis ya expuesta por Schlatter, Harnack y Wellhausen, aunque no fuera posible individualizar una prueba precisa de esta vinculación. La indirecta dependencia de Muhammad del judeo-cristiano sectario es incontrovertible, y añade que el judeocristiano se ha conservado en el Islam, manteniendo íntegros sus puntos originarios hasta hoy. Schlatter escribió: "Ninguno de los jefes de la Iglesia imperial imaginaba que para esta cristiandad por ellos despreciada, vendría un día en que ella habría sacudido el mundo y destruido gran parte del mundo eclesiástico por él construido. Este día vendría cuando Muhammad recogió el patrimonio preservado por los judeo-cristianos, su conciencia de Dios, su escatología, que anunciaba el día del Juicio, sus costumbres y sus leyendas, y en calidad de enviado de Dios, instituyó un nuevo apostolado". Los judeo-cristianos sectarios funden la fe en Jesús, el Mesías, con la observancia de la ley ritual hebraica. Fueron mencionados por primera vez por el apologista Justino en el Diálogo con Trifón, 48.3-4; 49.1. La crítica moderna ve en el judeo-cristianismo a los herederos legítimos de la primera cristiandad.

Tradicionalmente se ha atacado a Muhammad por su desenfreno sexual. El profeta mejoró mucho la situación de la mujer. Para él, el hombre y la mujer eran iguales para Dios. Muhammad, comparado con David y Salomón, que él tenía por grandes profetas, era un moderado. David tenía 29 esposas y un número elevado de concubinas (1 Cr. 3.1-24). El harén de Salomón contaba con más de 700 mujeres de sangre real y 300 concubinas (1 Re. 11.3). Jesús anduvo rodeado de mujeres que le servían, y se le acusaba de tratar con rameras.

Muhammad fue un grandísimo hombre de Dios, un gran profeta para su pueblo, y el último gran profeta del monoteísmo judío. No fue un falsario. Creía haber recibido una revelación que trasmitir a su pueblo y a todos los creyentes. Lo mejor que se puede alabar del Islam es que ha producido una mística de grandísima calidad religiosa, muy parecida a la cristiana, que es la cumbre de la mística mundial y de gran influjo en la cristiana52. Ya A. Nicholson53, L. Massignon54 y Asín Palacios55 propusieron que el sufismo no sólo tenía claras raíces cristianas, sino que influyó en la mística cristiana de los alumbrados.

El cristianismo europeo, posiblemente por el nefasto influjo de Agustín, que justificó teológicamente la Inquisición, las conversiones forzadas y las guerras de religión, ha tenido la política de desterrar, encerrar en guetos y perseguir mediante la Inquisición a judíos y musulmanes, olvidándose de que los apologistas cristiano defendían la más absoluta libertad de cultos, y Tertuliano, uno de los grandes colosos del cristianismo, con frases durísimas, en su Apología (24. 6-12).

Hoy día se ha puesto de moda el insulto grosero contra Muhammad, por gentes indocumentadas que confunden la crítica -que debe hacerse y es totalmente necesaria en la sociedad- con el insulto, la grosería y la calumnia, perjudicándose ellos gravemente, con peligro de sus vidas, y a la sociedad en que viven. Los tres grandes genios religiosos de la humanidad son: Cristo, Muhammada y Buda, y merecen respeto incluso de los que no creen en su mensaje. Los tres han prestado grandísimos beneficios a sus seguidores, a la sociedad y a la cultura.

Hoy, es necesario el continuo diálogo de las tres religiones monoteístas, que tienen muchos puntos de contacto y adoran al mismo Dios.

Legislación religiosa de Teodosio II

Destruyó por ley (Cod. Theodos. XVI.2.4; VII.42.2) los templos paganos desde sus fundamentos, para que no quedaran huella de ellos (Theodoret. HE.V.37)56.

Violencia anticristiana en Persia

Este tema (Theodoret. HE.V.39) lo hemos tratado en otro estudio, por lo que prescindimos de él57. Sin embargo, volvemos sobre el tema por haber utilizado otra fuente fundamental. Iezdegerd I (399-420) siguió la política antirromana y anticristiana de Sapor II. El obispo de Ergol, Allas, destruyó un templo del culto al fuego. El rey lo llamó y le ordenó reconstruir el templo. El obispo se negó y el rey le amenazó con destruir las iglesias, lo que cumplió. Primero asesinó al obispo y después ordenó destruir las iglesias. La tempestad duró treinta años, alimentada por los magos. Gororana, hijo de Iezdegerd I, heredó con el reino la guerra contra los cristianos, y dejó ambas cosas como herencia al hijo.

Los tormentos eran variados: a unos desollaban las manos, a otros el costado o la cabeza hasta la nuca. Revestían a algunos con cañas cortadas por la mitad, que adaptaban al cuerpo, y les hincaban de la cabeza a los pies; después extraían con fuerza cada caña, para producir agudos dolores lacerando la piel. Excavaron pozos; después encerraron grandes topos en ellos, a los que echaban como alimento a los atletas de la ortodoxia, con los pies y las manos atados para que no pudieran alejarse de las bestias. Los topos, hambrientos, devoraban la carne.

Pensaron otros tormentos más crueles que éstos. Teodoreto cuenta algunos casos. Habiendo oído el rey que Ormisda, cuyo padre había sido prefecto, era cristiano, le llamó y le ordenó renegar de Dios. Contestó que el rey no mandaba cosa justa ni cosa conveniente. El rey le quitó las riquezas y le privó de los honores; lo hizo trasladar desnudo por los camellos del ejército. Muchos días después, el rey le vio abrasado por el sol y lleno de polvo. Lo llamó y lo vistió con una lujosa túnica. Pensando que su ánimo se había ablandado, le dijo que renegase de la fe del carpintero. Ormisda se quitó la túnica y la tiró; le dijo: "Si piensas que por esta túnica abandonaré la ortodoxia, quédate con tu regalo junto con tu impiedad". El rey lo arrojó desnudo de la sala regia.

El rey capturó y encarceló al diácono Beniamino. Pasados dos años, llegó un embajador romano para tratar otros problemas. Conociendo este asunto, pidió al rey la liberación del diácono. El rey hizo que el embajador le prometiera que no predicaría la doctrina cristiana. El embajador prometió que Beniamino acataría las órdenes. Beniamino se negó. El rey desconocía todo esto y lo liberó de las cadenas. El diácono continuó predicando, atrayendo a los que estaban en las tinieblas de la ignorancia, conduciéndolos a la luz espiritual. Pasado un año, fue denunciado. El rey lo llamó y le ordenó que apostatara. Él se negó. El rey se indignó e hizo introducir cañas puntiagudas debajo de las uñas, en las manos y en los pies. Viendo el rey que consideraba una broma aquel suplicio, teniendo otra caña, la hizo penetrar en los genitales, sacándola después y originando indecibles daños; después le introdujo por el ano un bastón con ramas, y murió.

En el mundo sasánida, también la violencia religiosa contra los cristianos fue grande, y los tormentos, refinados. Los magos desempeñaron un gran papel en la persecución, debido a su influencia en la corte.

Teodoro de Mopsuestia

Durante treinta años de episcopado combatió contra los seguidores de Arrio, de Eunomio y de Apolinar.

La violencia religiosa fue innata al cristianismo desde sus orígenes. Ya se enfrentaron Pedro y Pablo (Ga. 2.11-14). En Roma hubo denuncias y acusaciones de unos cristianos contra otros, como cuenta la Carta de Clemente Romano del 97. Celso, en su Discurso de la Verdad, hacia el 170, menciona la gran cantidad de sectas cristianas. Hipólito (Philos. 9-12), se enfrentó duramente al obispo de Roma, Calixto. Eusebio (HE. VIII.1.7) recuerda las luchas de unos obispos contra otros, en los años anteriores a la gran persecución de Diocleciano. Celso, en 177 (Contra Cels. III.65), escribió que no hay fiera más feroz que unos cristianos contra otros cuando no son perseguidos. Este tratado prueba la verdad de esta afirmación58.

La gran catástrofe para la Iglesia ha sido que esta violencia ha llegado hasta el s. XXI, con la institución de la Inquisición, que ha sido el cementerio de la cultura católica: contra los modernistas, que después se ha demostrado que no tenían herejía alguna; contra los teólogos dominicos y jesuitas, represariados por Pío XII, que mantuvo un silencio criminal contra el Holocausto, la mayor masacre de masas de la Humanidad, a pesar de estar perfectamente informado de él y de estar presionado para que lo condenara por los embajadores de Norteamérica y de Inglaterra; con la condena de los sacerdotes obreros, Ratzinger, llamado "el gran inquisidor" por la prensa, temido, odiado y despreciado, ha convertido en un desierto el pensamiento católico eclesiástico después del Vaticano II, condenando la teología de la liberación, la única que podría luchar contra las sectas, con éxito en Sudamérica. La mayor catástrofe de la Iglesia católica en el s. XX ha sido la condena de los anticonceptivos, rechazada en bloque por muchos obispos y por los misioneros, condenados por vez primera por S. Agustín, apoyado en la ley del levirato, que no tiene que ver nada con los anticonceptivos, condena que ha desprestigiado a la Iglesia en todo el mundo y que sólo ha servido para que grandes masas de fieles la abandonen; igualmente condena el uso de los preservativos, que la OMS recomienda continuamente contra la gran plaga del s. XX, el sida. Los papas, incluyendo al actual, han condenado continuamente la modernidad, sin conseguir nada más que desprestigiarse, y muchos puntos de la ciencia moderna, siempre equivocándose, para lo que no están preparados ni es su finalidad.

Los escritores cristianos de la Antigüedad nunca condenaron la ciencia helenística: Tertuliano, la escuela de Alejandría, con Clemente y Orígenes, los Capadocios, con Basilio, Gregorio nacianceno y Niseno, Juan Crisóstomo, Teófilo y Cirilo de Alejandría, los historiadores Eusebio de Cesarea, Sócrates, Sozomeno y Teodoreto de Cirro, etc. Todos los creadores del mundo moderno están en el índice de libros prohibidos, con gran desprestigio para la Iglesia.

1 J.M. Blázquez, "Tolerancia e intolerancia religiosa en las cartas de Jerónimo", Ant. Crist (Murcia), XXIII, 2006, 467-473; Id., "La violencia religiosa originada por las decisiones del Concilio de Calcedonia (451) en los monjes de Oriente"; G. Bravo, R. González Salinero (eds.), Formas y usos de la violencia en el Mundo Romano, Madrid, Signifer, 2007, 291-303, Id., "Origenes y el monacato", Bandue 1, 2007, 19-33, Id., "La violencia religiosa cristiana en los escritos laicos. Sócrates y Sozomeno. Desde Constantino a Juliano", Homenaje al prof. N.J.A. Escudero, Madrid, CEU, en prensa, Id., "La violencia religiosa cristiana en la Tarda Antigüedad en los escritores laicos Sócrates y Sozomeno: De Joviano a Teodosio I", Homenaje al prof. L. García Iglesias, Madrid, UAM, en prensa; Id., "La violencia religiosa cristiana en la Historia Eclesiástica de Sócrates durante el gobierno de Teodosio II y en la Historia Eclesiástica de Teodoreto de Cirro", Gerión 26, I, 2008, 453-490. En general: J. Fernández Ubiña, M. Marcos (eds.), Libertad e intolerancia religiosa en el Imperio Romano, Ilu Anejos XVIII, 2007.

2 Op. cit., 152, notas 29-30; P. Ganivet, op. cit., 349, notas 4-5.

3 A. Gallico, op. cit., 152, nota 32.

4 P. Ganivet, op. cit. 352, nota 1, sobre la carta sinodal enviada por los eusebianos a Julio.

5 A. Gallico, op. cit., 155, nota 38; C. Pietri, op. cit., 256-266, 291-296; M. Sotomayor, Historia de la Iglesia en España. I. La Iglesia en la España romana y visigoda, Madrid, 193-212; V.C. de Clerq, Ossius of Cordova. A contribution to the History of the Constantinian Period, Washington, 1954; J. Fernández Ubiña, "Ossio de Córdoba. El Imperio y la Iglesia del s. IV", Gerión 18, 2000, 439-437. Atanasio y Teodoreto son muy favorables a Osio. Atanasio le disculpa de la apostasía final. El Libellus precum (9-10), dirigido al emperador Teodosio I, describe la muerte de Osio, acaecida en 357 o 358, en término tétricos, pero no es documento de valor histórico según la crítica moderna.

6 A. Gallico, op. cit., 156, nota 39. Sobre este personaje, véase: P. Ganivet, op. cit., 356- 357, notas 1-2.

7 Sobre la bibliografía de todos estos obispos citados últimamente, véase: A. Gallico, op. cit., 160-161, notas 44-47. Sobre los gobernadores y los obispos vésae: AAVV., Figures du pouvoir: gouverneures et évèques, Antiquité Tardive, 7, 1999.

8 Sobre las copias conservadas de este documento importante, véase: P. Ganivet, op. cit., 350, nota 2.

9 P. Ganivet, op. cit., 368-369, nota 1.

10 A. Gallico, op. cit., 165, nota 49.

11 Sobre los dos obispos Eufrates y Vincencio, y la carta, véase: P. Ganivet, op. cit., 377, notas 1-2.

12 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, The Prosopography of the Later Roman Empire, Cambridge, 1971, 812-813.

13 P. Ganivet, op. cit., 397, nota 2.

14 Sobre todos estos personajes, véase: A. Gallico, op. cit., 178-179, notas 89-96.

15 Sobre la fuente de este diálogo, véase: P. Ganivet, op. cit., 403, nota 1.

16 Sobre las condiciones de la vuelta de Atanasio, informa que cedió y suscribió por temor a la muerte, véase: A. Gallico, op. cit., 185, nota 104.

17 A. Gallico, op. cit., 186, nota 107.

18 P. Ganivet, op. cit., 455, nota 6.

19 A. Gallico, op. cit., 492, nota 118. Sobre el símbolo de la fe, véase: P. Ganivet, op. cit., 431, nota 1.

20 P. Ganivet, op. cit., 437, nota 2.

21 P. Ganivet, op. cit., 443, nota 1.

22 Sobre la castración, véase: A. Gallico, op. cit., 199, nota 130. Sobre este personaje, véase: A. Gallico, op. cit., 200, nota 132.

23 A. Gallico, op. cit., 204, nota 138.

24 A. Gallico, op. cit., 206, notas 142-143, sobre estos personajes.

25 Sobre estos personajes, véase: A. Gallico, op. cit., 210, notas 147-150.

26 P. Ganivet, op. cit., 489, notas 1-2.

27 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 797-798. Sobre Juliano véase: AAVV., L'empereur julien et son temps, Antiquité Tardive, 17, 2009.

28 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 477-478.

29 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 372.

30 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 414.

31 I. Peña, El arte cristiano de la Siria bizantina. Siglos IV-VII, Madrid, 1995, figs. 9-10; A. Grabar, La edad de oro de Justiniano. Desde la muerte de Teodosio al Islam, Madrid, 1996, 312-316, figs. 360, 362, 365, 367.

32 Sobre este curioso personaje, arriano, perseguidor de cristianos y de paganos, véase: A. Gallico, op. cit., 244, nota 53.

33 R. Teja, El cristianismo primitiva en la sociedad romana, Madrid, 1990, 197-199.

34 R. Teja, op. cit., 187-191.

35 La "tragedia" de Éfeso (431): Herejía y poder en la Antigüedad Tardía, Santander, 1995, 151-163; Id., "El oro de Cirilo de Alejandría: compra de voluntades y sobornos en el Concilio Ecuménico de Éfeso I (431)", G. Bravo, R. González Salinero, La corrupción en el Mundo Romano, Madrid, 2008, 327-335.

36 J.M. Blázquez, "El soborno en la Iglesia Antigua", G. Bravo, R. González Salinero, op. cit., 249-265; S. Acerbi, C. Eguiluz, "Corrupción y jerarquías eclesiásticas en Oriente en el s. V. El caso de Ibas de Edessa", G. Bravo, R. González Salinero, op. cit., 337-353; P. Castillo, "Luchas orgánicas y corrupción en las iglesias visigodas", G. Bravo, R. González Salinero, op. cit., 381-392.

37 A.H.M. Jones, Il tardo Imperio Romano (284-602). I-II, Milán, 1973-1974, passim., insiste en el fenómeno de la corrupción; M. Vallejo, "Algunas particularidades acerca del mal uso del cursus publicus insignis audacia contumacia", G. Bravo, R. González Salinero, op. cit., 165-190; G. Bravo, "La corrupción política como clave del "declive" tardoantiguo", G. Bravo, R. González Salinero, op. cit., 133-146.

38 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 265.

39 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 661.

40 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 881-882.

41 J. Guyon, Ch. Y L. Pietri, La nascita di una cristianità (250-430), Roma, 2000, 729- 735.

42 A. Gallico, op. cit., 327, nota 8.

43 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 904-905. Sobre la Hispania de Teodosio, véase: R. Teja, C. Pérez (eds.), Congreso Internacional La Hispania de Teodosio, I-II, Salamanca, 1998; G. Bravo, Teodosio, Madrid 2010.

44 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 341-342.

45 J.J. Pollitt, El Arte Helenístico, Madrid, 1989, 440-442. Sobre el saqueo de los templos, véase: G. Fernández, "Destrucción de templos en la Antigüedad Tardía", AEspA 54, 1981, 141-156; R. Teja, "Tolerancia e intolerancia entre paganos y cristianos en la Antigüedad Tardía", E. Suárez (coord..), Conflictos religiosos: pasado y presente, Valladolid, 2002, 17- 26.

46 A.H.M. Jones, T.R. Martindale, J. Morris, op. cit., 379-380.

47 A. Gallico, op. cit., 381, nota 124.

48 J.M. Blázquez, El Mediterráneo. Historia, Arqueología, Religión, Arte, Madrid, 2006, 433-435. Para el estudio del antisemitismo en la Hispania Bajoimperial es fundamental: A. Barcala, Biblioteca antijudaica de los escritores eclesiásticos hispanos. Volumen I. Siglos IV-V, Madrid, 2003.

49 C. Colin, Processo a morte di Gesù. Un punto di vista ebraico, Turín, 2000.

50 Islam. Passato, Presente e Futuro, Milán, 2005, 58-64, 589-591. Muhammad tiene en altísima consideración, no sólo a Jesús, sino a María (M. Cuende, María, la mujer y la virgen del Corán, Madrid, 2002).

51 John of Damascus on Islam: The Heresy of The Ismaelites, Leiden, 1972; Id., "Monastic Ethos and Spirituality and the Origins of Islam", Acts XVIIIth. International Congress of Byzantine Studies. Selected Papers. Main and Communications II, Sheperdstown, 1996, 27- 39; Id., "L'Islam nel contesto della vita e della produzione letteraria di Giovanni di Damasco", AA.VV., Giovanni di Damasco. Un padre al sorgere dell'Islam, Magnano, 2006, 87-115. Sobre los judeo-cristianos, véase: S.C. Mimouni, Le judéo-christianisme ancien. Essais historiques, París, 1998; AAVV., Le judéo-christianisme dans tous ses états. Actes du Colloque de Jérusalem, 6-10 juillet 1998, S. Mimouni, F. Stanley Jones (eds.), Paris, 2001.

52 R. López-Baralt, San Juan de la Cruz y el Islam, Madrid, 1990.

53 Los místicos del Islam, Palma de Mallorca, 2008.

54 La pasión de Hallaj: mártir místico del Islam, Barcelona, 1999; Id., Palabra dada, Madrid, 2005.

55 El Islam cristianizado: estudio del "sufismo" a través de las obras de Abenarabi de Murcia, Madrid, 1931; Id., Sadilies y alumbrados, Madrid, 1944-1951; Id., Huellas del Islam: Sto. Tomás de Aquino, Turmedas, Pascal, San Juan de la Cruz, Madrid, 2005; Id., Vidas de santones andaluces: la Epístola de la santidad de Ibn Arabi de Murcia, Madrid, 1981; M. Fierro, "El sufismo español", Revista de libros, 139-140, 21-22, un breve comentario importante sobre el sufismo en la actualidad. E. Vitray-Meyerovitch, I mistici dell'Islam. Antologia del sufismo, Parma, 2002.

56 Sobre Teodosio II: F. Millar, A Greek Roman Empire. Power and Belief under Theodosius II (408-450), California, 2007; AAVV., L'empire des Théodoses, L'Antiquité Tardive, 16, 2008; H. Leppin, Teodosio, Barcelona, 2008; G. Bravo, Teodosio. Ultimo emperador de Roma, Madrid, 2009.

57 J.M. Blázquez, "La integración del cristianismo en la sociedad persa (siglos III-IV)", G. Bravo, R. González Salinero, Formas de integración en el mundo Romano, Madrid, 2009, 149-160.

58 Sobre Constantinopla, véase: G. Dagron, Constantinople. Nasita di una capitale (330- 451), Turín, 1991; J. Beckwith, The Art of Constantinople. Introduction to Byzantine Art (330-1453), Londres, 1968. Para Antioquía: A.J. Festugière, Antioch païenne et chretienne: Libanius, Chrysostome et les moins de Syrie, París, 1959; C. Kondoleon (coord.), Antioch. The Lost Ancient City, Princeton, 2001; A. González Blanco, Economía y sociedad en el Bajo Imperio, según Juan Crisóstomo, Madrid, 1980. Para Alejandría: J. Boardman, J. Griffin, O. Murray, The Oxford History of The Classical World, Oxford, 1986, passim; I. Peña, El arte cristiano de la Siria Bizantina, Madrid, 1996; H. Stierlin, Orient Byzantin. De Constantinople a l'Arménie et de Syrie en Ethiopie, París, 1989.

Author affiliation:

José María BLÁZQUEZ MARTÍNEZ

Universidad Complutense de Madrid - Real Academia de la Historia

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